Elite y Beneficencia: Las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas en Salta a mediados del Siglo XIX.

Elite and Beneficence: The Tertiary Franciscan Missionary Sisters in Salta in the middle of the 19th century.



Mercado, Lourdes C.

Universidad Nacional de Salta

loumer19@gmail.com



Resumen:

La idea del rol de la mujer dentro de la sociedad durante el siglo XIX estuvo relegado al ámbito privado de la esfera familiar. El papel de madres y esposas fue lo que en parte fijó que la educación que las mujeres recibieran estuviera orientada al cumplimiento de esos objetivos. Sin embargo, las mujeres supieron revertir tal situación a través de su participación en actos benéficos y obras de carácter de ayuda social.

En este trabajo se analiza el rol de las mujeres como promotoras de la educación de niñas en Cafayate durante la segunda mitad del siglo XIX, teniendo en cuenta: el papel de las mujeres como creadoras y participes activas de instituciones benéficas (en este caso un colegio para niñas); la participación de la congregación de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas como organizadoras, administradoras y educadoras del Colegio de María y el papel de la Iglesia Católica, representada mediante el accionar del Clero secular, como impulsores de estas nuevas empresas de acción evangelizadora.


Palabras clave: elite, beneficencia, mujeres, congregaciones religiosas, educación, niñas.


Summary:

The idea of ​​the role of women in society during the nineteenth century was relegated to the private sphere of the family sphere. The role of mothers and wives was what partly established that the education that the women received was oriented to the fulfillment of those objectives. However, the women knew how to reverse this situation through their participation in charitable acts and works of a social aid nature.

This paper analyzes the role of women as promoters of girls' education in Cafayate during the second half of the 19th century, taking into account: the role of women as creators and active participants of charitable institutions (in this case a school for girls); the participation of the Congregation of the Tertiary Franciscan Missionary Sisters as organizers, administrators and educators of the College of Mary and the role of the Catholic Church, represented through the action of the secular Clergy, as promoter of these new enterprises of evangelizing action.


Keywords: elite, charity, women, religious congregations, education, girls.



Hacia la segunda mitad del siglo XIX, durante el proceso de conformación del Estado-Nación, se produjeron una serie de cambios respecto de las tradicionales competencias que la Iglesia católica tenía sobre la sociedad. A partir de los años 80 del siglo XIX, la política laicista del Estado y su interés por asumir funciones tales como una educación pública, que no impusiera una enseñanza católica, la creación del Registro Civil de personas, la aplicación de la ley de matrimonio civil, la secularización de los cementerios, provocaron tensiones y disputas entre el Estado y una Iglesia que hasta entonces tuvo el monopolio de dar sentido y organizar la vida social (Folquer, 2012: 37).

Los cambios a nivel ideológico y político experimentados en algunos de los sectores más influyentes surgieron como efecto de las transformaciones ocurridas en el mundo y que, de manera significativa, fueron impactando en la sociedad argentina. Las tendencias liberales se abrieron camino y encontraron cada vez más posibilidades de concreción dentro del país.

Para la Iglesia Católica, el liberalismo decimonónico constituyó uno de los más tenaces adversarios por su carácter racionalista, antirreligioso y secularizador. La campaña en contra de este liberalismo la impulsaron pontífices como Gregorio XVI a través de la encíclica Mirari vos (1832), el papa Pío IX con su encíclica Quanta cura (1864) y León XIII, quien en 1889 convocó un Concilio Plenario en América Latina (CPAL), con el objetivo de asentar la autoridad romana en los territorios americanos. La postura romana denunció firmemente los errores contemporáneos de querer construir una sociedad civil alejada de los principios religiosos y de la moral católica (Conejeros Maldonado, 2007:26). A partir de las revoluciones liberales en Europa, iniciadas con la Revolución Francesa y el orden subvertido del Antiguo Régimen, el clero pasó de una fidelidad extrema a las monarquías a una fidelidad más proclive a Roma.

Ante este panorama de cambios y transformaciones, el catolicismo en Argentina se vio obligado a reformular su lugar en la sociedad frente a una política laicista que cuestionaba y avanzaba sobre ámbitos de acción que había ocupado hasta entonces (Torres, 2014:170). Uno de ellos, fue lo relativo a la educación, ya que en los colegios se formaban las futuras generaciones, la mayoría pertenecientes a las elites locales.

A partir de estas problemáticas, la Iglesia impulsó gran cantidad de iniciativas que ayudaron a la construcción de un catolicismo fuertemente vinculado con la organización de un Estado- Nación. Dicho Estado, aunque con tendencias laicistas, jamás consideró prescindir de una Iglesia nacional ya que sus sectores dirigentes comprendieron muy bien la importancia de una institución capaz de poder actuar como correctivo moral y social dentro de los sectores populares (Folquer, 2012: 38).

Algunos autores, afirman que durante el periodo que va entre los años 1880 y 1930 el catolicismo asumió un estado de “letargo y adormecimiento” (Zanatta, 1996) como consecuencia de las derrotas ante las leyes laicas (Lida, 2005: 349). Miranda Lida pone en entredicho esta postura, al sostener que en realidad el catolicismo argentino durante este periodo “encontró múltiples formas para relacionarse con una sociedad que se hallaba en una era de transformación profunda como consecuencia de la inmigración masiva, del crecimiento demográfico y del desarrollo económico finisecular”. Asimismo, la autora señala que la Iglesia acompañó, dentro de sus posibilidades, el paso de las transformaciones de su tiempo, aunque no en la misma sincronía en que se desarrollaban las nuevas ideas liberales (Lida, 2009:349).

Dentro de estas nuevas políticas, el rol de las mujeres en la sociedad estuvo tradicionalmente pensado y limitado al ámbito del hogar y la familia. La mujer debía ser una buena esposa y una buena madre, y la educación que recibiera tenía que estar orientada a la consecución de esos objetivos. Lo habitual era que dicha educación se diera en el seno familiar, donde la madre era la transmisora de los conocimientos y valores imperantes. El hombre, sin embargo, tenía derecho por su naturaleza a disfrutar de una vida social y pública y era educado en la cultura oficial (Berdote Alonso, 2016: 120).

A pesar de ello, fue durante este periodo que se comenzó a pensar en el rol y en la educación de las mujeres de manera más significativa, promoviendo su participación en algunos sectores sociales. En 1870, Domingo Faustino Sarmiento fundaba la Escuela Normal de Paraná, con un modelo educativo que se aplicaría en las treinta y ocho escuelas normales fundadas en el país hasta 1896. Para la tarea de formadoras de tales instituciones, Sarmiento, admirador de las mujeres educadoras, trabajadoras y liberales, trajo al país a veintitrés maestras norteamericanas (Puiggrós, 2016: 77).

Con ello se daba inicio a un proyecto de extensión del sistema de educación pública dentro de los territorios nacionales. Sin embargo, el modelo escolar que se deseaba aplicar fue cuestionado, como así también el rol clave que cumplían las maestras dentro del aula. El conflicto giró en torno no solo a la condición de extranjeras de las maestras sino a la religión que estas profesaban, ya que eran protestantes (Roitenburd, 2009: 57-60).

Es innegable que las mujeres a partir de este periodo empezaron a extender sus redes de influencias en espacios que les habían estado negados hasta entonces. No obstante, los logros fueron obtenidos de manera paulatina y siempre bajo la mirada atenta de padres, hermanos y esposos. Es preciso reconocer que las mismas supieron construir nuevos canales de intervención dentro de la vida social y política mediante su participación ya sea como benefactoras o patrocinadoras de obras de caridad o como miembros activos de congregaciones religiosas.

En el ámbito católico, la participación de las mujeres en las funciones jerárquicas estaba vedada y subordinada al control por parte de los miembros masculinos. Sin embargo, ante los nuevos desafíos del siglo, la Iglesia será la propulsora de nuevas iniciativas de carácter misional y educacional en las cuales el rol de las mujeres fue una de las piezas claves para la recatolización de la sociedad.

En los terrenos de educación, la beneficencia, las políticas culturales y la religión, las mujeres gozaron de un amplio campo de acción, y fue a partir de los asuntos relacionados con el cuidado de los grupos más vulnerables cuando comprendieron su compromiso político (Folquer, 2015:78).

Por ello, es que durante el periodo se observa, una gran cantidad de nuevas fundaciones femeninas laicales y de congregaciones religiosas de vida apostólica fueron constituyendo un verdadero campo de acción política y, a la vez, formaron ámbitos de sociabilidad. En ellos crearon un espacio dentro de la Iglesia y de la sociedad civil en el que las participantes disponían de mayor autonomía que las que tenían otros grupos de mujeres en el siglo XIX (Folquer, 2015:80).

De esta manera las mujeres fueron el rostro visible de un nuevo compromiso misionero impulsado por la Iglesia Católica, que las introdujo en un campo mucho más amplio, con nuevos ministerios que fueron más allá de la tradicional dedicación a la educación de la niñez y la juventud y la asistencia sanitaria. (Álvarez Gómez,1990). Se observa de esta manera un fuerte proceso de feminización del catolicismo.

La vitalidad del catolicismo se evidenció con el surgimiento de nuevas congregaciones religiosas a lo largo del país, aunque muchas de ellas estuvieron vinculadas especialmente a los tradicionales ámbitos de educación y salud. Sin embargo, estas congregaciones decimonónicas se hicieron cargo de los problemas que la sociedad urbana expulsaba: protegían a los que la ciudad arrojaba a la marginalidad (enfermos, locos, huérfanos, entre otros) y educaban a los pobres y a la elite femenina (Folquer, 2013. 95).

Dentro de estos nuevos campos de acción social, la Congregación de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas1 fundó en 1888 en la localidad de Cafayate (Salta) una escuela para Niñas y un convento para las religiosas. El propósito de tal fundación bien lo explicita la superiora de dicha congregación, en una carta enviada al Obispo Buenaventura Rizo en la que expresa:

Echamos los simientos de esta nueva congregación en la esperanza de llevar nuestro grano de arena a la grande obra de regeneración social y religiosa”2

Se ve en ello una fuerte iniciativa por parte de la congregación de realizar un aporte significativo dentro del ámbito educativo, reforzando, de ese modo, la idea de un verdadero compromiso social llevado a cabo por los miembros de la Iglesia. La formación de las niñas contribuyó a reafirmar el perfil (carisma) de la congregación.3

Es en la preocupación que tuvo la Iglesia católica contra el avance de las nuevas posturas liberales, en que deben inscribirse la gran cantidad de fundaciones de colegios y asociaciones benéficas de la época. Surge, entonces, un objetivo específico: catolizar los espacios políticos de participación y de producción social (Conejeros Maldonado, 2014:167). La escuela fue uno de esos espacios.

Claramente la consecución de este propósito se evidencia en una de las epístolas enviadas por el Obispo Matías Linares a un miembro de la comunidad religiosa cuando dice:

Considerando que el aumento de casas de educación cristiana en la Diócesis es sobre manera útil i necesaria como medio de propaganda católica para neutralizar los efectos de la secularización de la enseñanza, i en la esperanza de que el establecimiento a fundarse bajo la dirección de las hermanas terciarias claustrales franciscanas, puede contribuir a los fines indicados”.4

Se expresa allí con mucha claridad cuáles eran los propósitos de tales fundaciones y la finalidad primordial en la formación de las alumnas. Todo ello debe enmarcarse en un contexto nacional en el que se debatía la ley de educación común que era impulsada por la mayoría de los representantes de las elites del interior en el Congreso de la Nación quienes apoyaban las leyes laicas de un Estado que buscaba modernizarse (Folquer, 2007:448).

Tal debate llevó a que en 1882 se llevara a cabo un Congreso Pedagógico que tuvo como conclusión la formulación de una ley de educación común, la denominada ley n° 1420 que, si bien promueve la obligatoriedad de la enseñanza, juntamente con su gratuidad, y gradualidad, adopta una postura neutral en materia religiosa (Solari, 1991:188).

A pesar de que los representantes en el Congreso de la Nación pugnaban por la sanción de leyes laicas, dentro de los espacios locales, los miembros de las familias de las elites gobernantes fomentaban la creación y fundación de espacios educativos y sociales fuertemente vinculadas a la doctrina católica.

Fueron las mujeres pertenecientes a estas elites locales quienes impulsaron la creación de estas nuevas instituciones. Estas iniciativas femeninas tan propias del siglo XIX nos muestran como sus miembros buscan congregarse bajo un objetivo religioso y caritativo que, a su vez, les permite crear círculos de sociabilidad con fuerte impacto dentro de la esfera social.

Dentro de la sociedad Cafayateña, una de las principales benefactoras del lugar fue la señora Camila Quintana de Niño, esposa del coronel Cesáreo Niño y Plazaola. Camila fue una de las seis hijas que doña María Francisca de la Quintana y Aramburu tuvo con el coronel don José Gabino de la Quintana (1874-1882).5

Esta dama de la sociedad impulsó junto con sus hermanas Doña Isabel y Doña María Francisca de la Quintana, la edificación de varias instituciones dentro de la localidad cafayateña, entre las que se pueden mencionar el Hospital Público de la comarca, aportando además el equipamiento necesario para su adecuado desempeño; la Construcción de una parte de la Iglesia local, y otros actos benéficos llevados a cabo como miembros activos de la Sociedad de Beneficencia de Cafayate (Vitry,2000: 319).

Uno de sus últimos actos benéficos y al cual se circunscribe esta investigación, fue la donación de un terreno y el capital necesario para la construcción de un colegio católico para niñas hecho en favor de la comunidad local. En su legado testamentario esta dama establece unas cláusulas específicas que refieren al edificio mencionado:

(…) que dicho colegio sea dirigido por hermanas de la caridad, bien terciarias franciscanas o de otra institución religiosa a juicio del prelado Diocesano (…) Esta donación la hago con la condición de que [en] el colegio a fundarse, se eduquen tres niñas anualmente de aquellas más pobres y de más próximo parentesco a mi finado esposo D. Cesario Niño, por el termino de diez años. En caso de que no hubiere niñas en las condiciones expresadas (…) se dijeran otras de las más pobres de este Departamento a juicio del mismo Párroco”.6

Como se puede observar el acto benéfico estuvo fuertemente limitado al momento de designar quienes llevarían a cabo la administración del colegio de niñas a edificarse. Así lo expone la benefactora al pedir que sean las Hermanas de Caridad o bien Terciarias Franciscanas quienes dirijan la institución. Fueron estas últimas las que tomaron el control de la Institución que recibió el nombre de Colegio de María.

La aceptación y posterior entrega de la administración del Colegio de María, tuvo como principales propulsores a la señora Camila Quintana de Niño y monseñor Julián Toscano, quien se encargó de que se llevaran a cabo las obras de construcción del edificio. Asimismo, intervino ante el Obispo para conseguir que la administración del colegio quedara en manos de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas. Le cupo también el encargo de negociar los términos y condiciones para que las mencionadas hermanas aceptasen establecerse en el lugar.

Este activo sacerdote franciscano fue el encargado de aplicar las nuevas directrices propuestas por el obispado de Salta que estaba bajo el gobierno de Fray Buenaventura Rizo Patrón, también franciscano (1811-1884).

La labor pastoral del párroco Julián Toscano es muy extensa, prueba de ello son las innumerables cartas, informes y proyectos llevados a cabo en Cafayate durante los 23 años en los que estuvo a cargo de la prelatura de dicho pueblo; entre las cuales se pueden nombrar: la creación de un Nuevo Hospital para los residentes de la zona, una biblioteca, la publicación de un semanario y fundación del Colegio de María a cargo de las Hermanas Misioneras.7


Conclusión


Se observa a través de la fundación de este colegio para niñas, como la presencia de congregaciones religiosas dedicadas a la labor misionera y catequética, tuvo una gran aceptación y proliferación dentro de los territorios nacionales a partir de las últimas décadas del siglo XIX.

A su vez, tales congregaciones fueron promovidas por el ejercicio benefactor de un miembro de la elite local, en el caso de Cafayate, como ya se ha mencionado, fue doña Camila Quintana de Niño. Cabe preguntarnos si tales prácticas benéficas no tenían de fondo el mismo ideal de conservación de la “honorabilidad familiar” que motivaban las antiguas fundaciones de conventos durante el siglo anterior o si se trataba de una nueva forma de expresar la piedad y la caridad durante el nuevo siglo (González Fasani, 2011).

Se observa también como las coexistencias de antiguas formas de ejercicio de poder de las elites locales se funden con los nuevos ideales de la sociedad moderna, que permitió de forma gradual pero no por ello débil, la incursión de las mujeres en ámbitos político-sociales en los que antiguamente tenían vedada su participación. A finales del siglo XIX aún convivían antiguos imaginarios y formas de sociabilidad que se manifestaban en una hibridación entre lo antiguo y lo moderno.

Es partir de mediados del siglo XIX que la preponderancia femenina fue en un constante ascenso, por lo que la fisonomía del catolicismo estuvo fuertemente vinculada al rostro de la mujer. Fue través de la caridad que se estableció un nuevo lazo entre lo social y lo religioso, de forma tal que las religiosas tuvieron la tarea de formar y educar a las mujeres de la elite y de orientarlas hacia una religiosidad de fuerte compromiso social.

Es preciso señalar que la acción de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas en Salta no ha sido estudiada. Entendemos que tal congregación merece especial atención no solo porque por sus aulas pasaron las hijas de los miembros de las elites locales, sino porque también formaron a quienes luego ejercieron como maestras en diversas instituciones educativas de la provincia; de manera tal que es preciso seguir ahondando en el análisis de las numerosas fuentes que se poseen, para de esa manera reactivar las huellas de quienes pretendieron, en su momento, transmitir valores a través de la educación.


Bibliografía

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1 La Congregación de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas fue fundada el 8 de diciembre de 1878 por la Beata Madre María del Tránsito Cabanillas de Jesús Sacramentado en Córdoba, Argentina, bajo la protección de María Inmaculada. Pertenece a la tercera Orden de San Francisco de Asís.

2 Carta de la Superiora de la Congregación de las Pobres Hermanitas de San Francisco de Asís a el Obispo de Salta Fr Buenaventura Rizo, Córdoba, agosto de 1879. Carpeta: Colegios religiosos. Colegio de María Cafayate, s/f. Archivo del Arzobispado de Salta (AAS)

3 La Congregación de Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas, respondían al carisma fundacional de: “Llevar el contingente de la fe y las buenas costumbres a los pueblos pobres… promoviendo las obras de caridad y misericordia y principalmente dar educación a las hijas del pobre y desamparado”

4 Carta del Obispo de Salta Matías Linares al presbítero de Cafayate D. Julián Toscano, Salta, 14 de diciembre de 1889. Carpeta: Colegios religiosos. Colegio de María Cafayate, s/f. AAS. Subrayado nuestro

5 Ascendido a Comandante de Armas de Jujuy por Martin Miguel de Güemes en recompensa por su participación en el Ejercito de la Patria (Plaza Navamuel, 2013).

6 Copia de las Cláusulas del testamento de la Sr. Dña Camila Quintana de Niño. Carpeta: Colegios religiosos. Colegio de María Cafayate, s/f. AAS

7 Nacido en Leales, Tucumán en 1850, falleció en Salta en 1912. En 1875 fue designado párroco de Cafayate, donde actuó por veintitrés años, profundizando además sus estudios americanistas y fundando la Biblioteca Pública y el semanario "El Progreso". Hizo construir una iglesia de cinco naves. En 1879 Monseñor Toscano fue nombrado presidente de la Sociedad de Beneficencia de Cafayate, y fue a partir de ese momento cuando impulsó la construcción del nuevo hospital en los terrenos donados por Camila Quintana de Niño y los comprados a Jacobo Peñalba. Para ampliar Ver: Abad de Santillán, Diego. Gran Enciclopedia argentina. Buenos Aires, 1963. Tomo VII.