Venturas y desventuras del misionero redentorista Pedro Celestino López en el Ecuador garciano, 1870-1875: un caso revelador


Fortunes and misfortunes of the redemptorist missionary Pedro Celestino Lopez in the Garcia Moreno’s Ecuador, 1870-1875: a revealing case.


Ana Buriano Castro

Instituto de Investigaciones Dr. José Ma. Luis Mora

aburiano@institutomora.edu.mx



Resumen

Aborda algunos avatares vividos por los misioneros Redentoristas en Ecuador durante el segundo gobierno de García Moreno, 1869-1875. El desencuentro de uno de los padres con el muy católico presidente revela la problemática interna de la Iglesia ecuatoriana dentro de un universo católico conmovido y fracturado y como ésa conflictividad se enlazaba con el mundo político en una república donde las esferas guardaban una muy estrecha relación. Esos vínculos, no del todo armónicos entre religión y política, se encontraban además atravesados por conflictivas regionales y por una coyuntura reeleccionista compleja, presentada como una opción decisiva para inclinar la nación hacia el liberalismo o el catolicismo. El arca sagrada de la fe, la nación modelo forjada bajo la figura “providencial” de García donde catolicismo, modernidad y civilización se anudaban, enfrentaba tropiezos a mediados de la década de los años 70 del siglo XIX. El estudio se apoya en hemerografía que complementa y complejiza la información proveniente de documentos emanados del Archivo Histórico de la Congregación del Santísimo Redentor (AGHR), consultados en fuentes secundarias.


Palabras clave: Redentoristas en Ecuador, García Moreno, Relaciones Estado-Iglesia, Relaciones política-religión, Pedro Celestino López.



Summary

This text addresses some of the vicissitudes experienced by the Redemptorist missionaries in Ecuador during Garcia Moreno's second government, 1869-1875. The disagreement of one father with the very Catholic president exposes internal predicaments of the Ecuadorian Church within an unsettled and divided Catholic universe, and uncovers how such unrest was associated to the political world in a republic where both spheres were closely related. These links, not quite harmonious between religion and politics, were also influenced by regional conflicts and a complex reelection conjunction, a decisive option for directing the nation toward liberalism or Catholicism. The sacred ark of faith, —the model nation shaped by the Garcia’s "providential" figure, where Catholicism, modernity and civilization merged— faced setbacks toward the middle of the 1870s. The study is based on periodical publications that complement and question the information derived from documents found in the Historical Archive of the Congregation of the Most Holy Redeemer (AGHR), consulted in secondary sources.


Key words: Redemptorists in Ecuador, García Moreno, State-Church relations, politics-religion relations, Pedro Celestino López.



Salidos de Francia y después de un largo viaje pleno de dificultades, aminoradas por la compañía del obispo de la diócesis que los acogería, un grupo de cinco misioneros redentoristas entró a Cuenca, el 13 de mayo de 1870. Fueron recibidos de manera apoteósica, según informó el superior de la misión, el padre Félix Grisard.1 En una ciudad engalanada con banderas, arcos floridos y al son del himno nacional los esperaba un cortejo de lo principal de la sociedad clerical, civil y militar cuencana junto a 200 hombres a caballo cubiertos con ponchos (Córdoba, 2000: 564). Los antecedentes de la misión de los hijos de Alfonso María de Ligorio permitían predecir una tersa relación, no sólo con las autoridades episcopales sino con el muy católico gobierno del Ecuador, encabezado entonces por Gabriel García Moreno.

Don Gabriel había sido designado presidente constitucional del Ecuador por primera vez en 1861. Encabezaba entonces su segunda administración (1869-1875), instalada a partir de un golpe de Estado contra Javier Espinosa, una vez que se convenció de que no sería capaz de ganar las elecciones. Con mano de hierro regía el país a partir de una Constitución, aprobada en 1869, que recogía sus más sentidas aspiraciones de fundar “el orden social de nuestra república sobre la roca combatida y siempre vencedora de la Iglesia católica” (García Moreno, 1875: 10). Desde su primer implante en el poder (1860-1865) García proyectó a la Iglesia como herramienta civilizatoria y punta de lanza de la modernización estatal que promovió. La concibió como el único sentimiento compartido capaz de organizar una sociedad dispersa, plena de regionalismos que dificultaban la consolidación del Estado. Por ello, tramitó y firmó un Concordato con la Santa Sede que le dio una amplia latitud al dominio educativo y cultural de la Iglesia sin perder el control estatal sobre la misma. Inició también tempranamente una política de cooptación de la voluntad del papado con el propósito de que fuera el sostén exterior de su gobierno y facilitara su política interior. En simultáneo aplicó una intensa y represiva reforma del clero nacional al que consideraba ignorante, aseglarado y politizado. Trató especialmente de eliminar a las órdenes antiguas que no consideraba útiles para su propuesta modernizadora católica. Esta reforma, llevada adelante incluso sin la autorización de la Santa Sede, le deparó problemas con el episcopado, con la nunciatura y levantó grandes resistencias en los regulares. Por ello promovió la importación de órdenes y congregaciones extranjeras que reunían las ventajas de ser una mano de obra especializada y barata, lejana de la política nacional y confiable ideológicamente. El avance del secularismo las expulsaba de Europa e Hispanoamérica las recogía.

La Compañía de Jesús tuvo un lugar prominente para el manejo de la enseñanza en todos sus niveles, incluso en los superiores, especialmente desde que importó a los jesuitas de Innsbruck expulsados por Bismark en el marco de la Kulturkampf. Desde antes habían llegado jesuitas españoles aplicados a la enseñanza media. Pero no fueron los únicos. Ya en el inicio de su primer mandato arribaron congregaciones y hermandades fundadas o refundadas para desarrollar una ofensiva en el combate a la impiedad: las Hermanas de los Corazones, dedicadas a la educación femenina (1861), los Hermanos de las Escuelas Cristianas (1863) con un profesorado de renombre de los mejores institutos franceses. Luego se incorporaron las Hermanas de la Providencia, las Hijas de la Caridad, las Hermanas del Buen Pastor, los Padres Lazaristas, a quienes se confió la dirección del Seminario de Quito y muchas congregaciones más.2

En este marco hay que inscribir la incorporación de los misioneros Redentoristas que llegaron a Ecuador en 1870 para la evangelización de los indígenas. La historiografía dedicada al estudio de la congregación no ignora las dificultades que enfrentaron para su inserción en los dos destinos (Cuenca y Riobamba), pues accede al Archivo General Histórico de los Redentoristas (AGHR). Es explícita al narrar las desavenencias que surgieron con el obispo Ordóñez, sin embargo, resulta extraordinariamente discreta cuando aborda las relaciones de los redentoristas con el gobierno garciano. Por el contrario la documentación, pródiga en críticas hacia los diocesanos, deja a salvo la figura del presidente.3 Corresponde señalar que las citas al Archivo de la congregación se recogen de fuentes secundarias, concretamente del conjunto de artículos dedicados a la labor misional de ultramar, consustancial a la vocación fundacional de los alfonsianos, que el padre redentorista colombiano Álvaro Córdoba Chaves ha publicado en la revista semestral del Instituto Histórico de la CSSR, Spicilegium historicum Congregationis SSmi Redemptoris, pródiga en dar a la luz la documentación concentrada en el Archivo General Histórico de Roma y otros archivos locales4.

Este artículo se propone mostrar, desde la prensa de la época, una no tan armónica relación. A partir del caso de uno de los padres redentoristas -fuera de lo anecdótico- esos enfrentamientos revelan la problemática interna de la Iglesia ecuatoriana dentro de un universo católico conmovido y fracturado. Muestran también cómo ésa conflictividad se enlazaba con el mundo político en una república donde las esferas guardaban una muy especial relación.


Los Redentoristas en Cuenca


En su viaje al Concilio Vaticano I los obispos Remigio Estévez Toral y José Ignacio Ordóñez aprovecharon la oportunidad para tramitar ante el Superior General de la Congregación del Santísimo Redentor, Nicolás Mauron, la asignación de un grupo de misioneros para sus diócesis, la de Cuenca y Riobamba respectivamente. Perseguidos en Polonia, Portugal, Suiza, Austria, Italia y España durante la revolución Gloriosa (1868) varios redentoristas se habían refugiado en Italia y sobre todo en Francia. Habían tenido experiencias poco exitosas en Colombia (1859-1861), en Chile (1860-61) y en Surinam (1866) (Córdoba, 2000: 551). Sin embargo Ecuador parecía mostrarse como el territorio ideal para una orden que comulgaba con la más estricta ortodoxia papal y que era promotora de la infalibilidad pontificia que, por la época, se debatía en el Concilio. Más aún, de su casa en Villa Caserta salió el postulado a partir de una reunión de algunos obispos que lo promovieron, mientras Mauron fue su ferviente sostenedor. La proximidad de la Congregación con Pío IX era tal que asignó a Alfonso María de Ligorio la condición de doctor de la Iglesia en 1871(Córdoba, 2000: 551). Los redentoristas practicaban una espiritualidad acorde con las líneas del catolicismo ultramontano cristocéntrica y mariológica (Córdoba, 2008: 280).

Cinco fueron a Cuenca y otros cinco a Riobamba. Así lo acordaron los obispos en una negociación con el Superior en la que monseñor Ordóñez Lazo llevó la voz cantante. Esa preeminencia en las negociaciones no era extraña pues ese obispo, natural de Cuenca, pertenecía a una de las familias más acaudaladas de la región azuaya, la Casa Ordóñez, dedicada a la exportación de cascarilla a Inglaterra de donde se extraía la quinina. José Ignacio era hermano de Carlos Ordóñez Lazo el entonces gobernador pro garciano de Cuenca, baluarte fundamental del garcianismo en una región que le era particularmente opositora. La cercanía y amistad de los Ordóñez Lazo con García tenía larga data de modo que el Presidente propició la ascendente carrera eclesiástica de José Ignacio. En sus manos puso la inicial negociación del Concordato con el cardenal Antonelli en 1862 y fue su candidato para ocupar la vacante en el arzobispado de Quito, en 1868, frustrada porque, durante el Interregno (1865-1869), los garcianos no gozaban de mayoría en el Congreso5.

El año de 1870 era propicio para atraer congregaciones. Un nuevo elenco civil y eclesiástico inauguraba el segundo gobierno. García Moreno ejercía un control firme, acompañado por una Constitución que satisfacía sus aspiraciones en el plano político y en el religioso, pues exigía catolicismo para el derecho a la ciudadanía. En ese marco el nuevo arzobispo José Ignacio Checa y Barba se mostraba dispuesto a acatar el impulso reformista, lo mismo ocurría con el nuevo Nuncio apostólico monseñor Serafín Vannutelli, mientras la orden más resistente, la de los dominicos que había protagonizado un motín, era reformada manu militari por su nuevo visitador, el enérgico genovés padre Pedro Moro quien los conminaba a secularizarse en dos meses o los amenazaba con el destierro a las selvas orientales (Robalino Dávila, 1949: 269–270). Bajo esas presiones las secularizaciones abundaron: se suprimieron conventos de las órdenes regulares, de agustinos, mercedarios, franciscanos y dominicos. Entre ellos los de Loja, Cuenca y Riobamba y luego lo harían los de Guayaquil y Quito. Las órdenes visualizadas como retardatarias y no útiles, quedaron despobladas (Buriano, 2008: 265).

Esta fue la situación que permitió a los obispos presentar una propuesta atractiva al Superior de la Congregación. Mauron era prudente, deseoso de no abrir muchos frentes que impidieran la consolidación de una congregación de reciente reunificación en Roma, en 1869, bajo su único mando (Córdoba, 2000: 551). Sin embargo, los obispos ofrecieron la asignación de conventos, casas, haciendas y temporalidades, mientras que el presidente de la república era el más dilecto hijo de Pío en Hispanoamérica. Por ello Mauron decía: “No podré rechazar esta fundación, ya que las propuestas me parecen muy aceptables. Las circunstancias [] son tales, que creo que Dios nos llama a esa lejana región”.6 No era para menos, el propio García promovía la fundación y los obispos se encargaron de obtener ante el papa las autorizaciones correspondientes para la supresión de los conventos, mientras la Santa Sede respondía con inusual velocidad. Ordóñez no escatimó palabras para pintar el desastroso estado moral de las órdenes antiguas y la asignación papal a los nuevos misioneros se obtuvo de manera expedita.7 La misión ecuatoriana fue confiada a Aquiles Desurmont al frente de la Provincia Galohelvética, en tanto se designó a Juan Pedro Didier, instalado en Riobamba, como superior de ambas fundaciones.

Mientras el obispo Remigio, con dispensa papal para abandonar el Concilio antes de su fin, marchaba a Cuenca con sus cinco redentoristas, Ordóñez se mantuvo en Roma tramitando cinco más para su diócesis. Con Remigio llegaron los padres Félix Grisar, en calidad de superior de la misión cuencana, Pedro Celestino López y Francisco Machín Mina, junto con dos aspirantes a hermanos coadjutores, Pío (Enrique) Plietzsch y Antonio Ortiz, provistos de libros, ornatos, ropa, cáliz, misal y el cuadro del Perpetuo Socorro (Córdoba, 2000: 554-555,558). Pese al espléndido recibimiento los misioneros encontraron una realidad diferente a la esperada. Si bien los de Riobamba sufrieron peores condiciones por las artimañas del obispo Ordóñez que intercambió el originalmente asignado convento de la Merced -donde decidió fundar un Seminario- por el de los agustinos, los recién llegados a Cuenca soportaron una inmensa decepción. Inicialmente alojados en el palacio episcopal cuando recibieron el convento agustino lo encontraron en la ruina, casi sin techos, una sola habitación, dos sillas, una banca. Además funcionaba ahí la Iglesia del Sagrario de la que lograron deshacerse, aunque permanecieron un tiempo dos Hermandades con sus capellanes que tocaban el órgano, hacían misas, procesiones, cantaban oficios de difuntos y dejaban los cuerpos toda la noche y, en fin, había gran algazara. Unas pocas celdas eran ocupadas por reos y otros espacios eran muladares de viajeros. Los misioneros no veían cómo arreglar el convento pues el obispo no prometía dinero, la población era pequeña y no daba limosnas. Juzgaban que el obispo se mostraba prescindente y no los llamaba para hablar de la fundación. “En resumen –decía el padre López- esta fundación no es lo que decían; es mucho menos que lo que se esperaba”.8

Ni Grisar ni López estaban consustanciados con la situación política del Ecuador, ni de Cuenca en particular. En la capital azuaya se había constituido, durante el Interregno (1865-1869) la más firme e inteligente oposición a la candidatura de García Moreno para ocupar la presidencia por un segundo periodo. Las elites cuencanas tejieron lazos interprovinciales para elevar una candidatura invencible para las elecciones de 1869, que García cortó con un golpe de estado para impedir la victoria del candidato opositor. Entre diciembre de 1869 e inicios 1870 los enfrentamientos llegaron al punto del estallido de un motín contra el gobernador que finalizó con el fusilamiento de los jóvenes estudiantes conjurados.

Era injusto acusar al obispo de desinterés porque Remigio Estévez Toral se encontró con problemas mayores al regresar del Concilio. Existía entonces una orden de detención contra su hermano Tomás Toral acusado de participar en la conjura contra Ordoñez. Para impedirlo intervino ante el presidente y tuvo un altercado con García en medio del cual le reclamo los dineros que el gobierno debía a la diócesis. Poco después dictó una pastoral poco elogiosa de las obras públicas y cayó bajo la sospecha de estar influenciado por su hermano y por el grupo opositor cuencano (Cárdenas, 2005: 131-132). De modo que difícilmente podría ocuparse demasiado de los recién llegados. Las quejas de los misioneros serían muchas y serán consideradas más adelante, sin embargo, el padre López, sin que logremos penetrar profundamente en la razón, adquirió un protagonismo negativo que lo puso en la mira del garcianismo.


El padre López en Cuenca


El padre Pedro López fue el primer misionero español refundador de la orden (1863-1868) iniciada por el P. Lojódice. Nacido en 1836 en Torrejoncillo del Rey (Cuenca, España), fue ordenado sacerdote diocesano en 1860. Fue profesor en el seminario y entró a la Congregación del Santísimo Redentor cuando era párroco en Javalera, en ocasión de una misión. Su maestro de noviciado, Ernesto Bresciani, presentó un informe elogioso. Profesó en Roma el 15 de octubre de 1866. Trabajó en España de 1866 a 1870, en Sudamérica de 1870 a 1879, y de nuevo en España de 1879 a 1886 (Córdoba, 2004: 70). Excelente orador sagrado, de virtud austera, carácter fuerte y espíritu observante, misionó en Ecuador, Perú y Chile, regresó a España y fue encargado de la fundación en Puerto Rico.9 Didier, su Superior por largos años, lo describía como un hombre de estilos enérgicos, que poseía una imaginación exaltada y era susceptible a cualquier alteración en su carrera eclesiástica. Decía que no había “encontrado la paz en las luces sobrenaturales y en la fe” (Córdoba, 2004: 78). Estos rasgos de carácter, aunque no determinantes, pueden haber jugado algún papel en esta historia.

Cierto es que, a pesar de que Mauron y Desurmont advirtieron a Didier de la necesidad de proceder con prudencia, no introducir novedades contrarias a las costumbres europeas difíciles de extirpar, tener buenas relaciones con los obispos y el clero, no sacrificar derechos, moderar el celo de los padres hacia las mujeres devotas, especialmente las ricas, eliminar “la peste de los recibidores y de las visitas” y considerar las misiones populares itinerantes como la basé sólida de las dos fundaciones sin distraerse en otras cosas,10 difícilmente los redentoristas pudieron sustraerse a los pedidos de apoyo que hicieron los obispos diocesanos y aun el mismo arzobispo. Tampoco las relaciones con el clero parecen haber sido ideales y algunos curas los acusaron de ser extranjeros acaparadores, trataron de indisponerlos con los obispos y hasta los señalaban como sacrílegos. Especialmente duro fue el conflicto con los agustinos despojados de sus conventos. Sostuvieron una larga causa por su sede en Riobamba que se zanjó recién en 1888 (Córdoba, 2000: 591-594). Cierto es también que debían recaudar limosnas pues sus recursos eran escasos y grandes las necesidades entre una grey no demasiado dispuesta a contribuir. Tampoco gozaban del apoyo de los sectores terratenientes que impedían a sus peones acudir a la misión por temor a que fueran cambiados, se movían en áreas de población dispersa y mayoritariamente quechuo-hablantes (Córdoba, 2000: 585-586 ).

Fue en el marco de estos requerimientos que la misión cuencana tuvo una conmoción. En 1871 el padre López pisó un terreno sensible, seguramente sin saberlo. En ocasión de la fiesta de San José el obispo Estévez Toral organizó una ceremonia en el Colegio Seminario que fue también una manifestación de apoyo a Pío. En ella el padre Pedro López, predicó el panegírico del Santo y el obispo Remigio acompañado por el Cabildo Eclesiástico y lo principal de la ciudad se dirigieron en procesión al local del Colegio en cuyos corredores estaba la foto del “cautivo prisionero” de Victorio Manuel. Se cantó el himno de Pío, se hizo una procesión tras la cruz, y se dirigieron al Nuncio gritos de “Viva el egregio Pío, Viva el Pontífice Rey”. El sermón del padre López parece haberse ceñido a la más estricta ortodoxia. Analizándolo de acuerdo a la crónica de El Porvenir, periódico de Antonio Borrero cabeza visible de la oposición a García en Cuenca,11 las palabras utilizadas pueden haber levantado suspicacias, más allá de la intención. El orador sagrado predicó la perfección y obediencia del santo:

“defendió vigorosamente el principio de autoridad y combatió la insubordinación y los errores del racionalismo. Execró [] a los ambiciosos de todos los tiempos y lugares que, desconociendo el principio de autoridad se han rebelado contra los poderes legítimos, han derrocado los gobiernos constituidos y acarreado a los pueblos luto, desolación y llanto”.12


Concluyó condenando la sacrílega violencia con que el rey de Italia consumo la usurpación. La misión llegó a su fin el día 12 de marzo de ese mismo año de 1871, momento en que lo más destacado de Cuenca hizo procesión tras la cruz que se colocó en la Plaza Mayor frente a la Catedral, donde el padre López predicó un nuevo sermón. Las fuentes de los propios redentoristas exaltan el verbo encendido del padre y la calidad de la procesión donde participaron el Gobernador, el obispo, las matronas de Cuenca, los magistrados y los empleados civiles. Narraron que jamás habían sido tan numerosas al punto que quinientos hombres entraron en ejercicio, hasta el mismo ex presidente Jerónimo Carrión (Córdoba, 2000: 584). Quizá era demasiado reciente el golpe de Estado de García Moreno como para que en Cuenca, en la propia cuna de la oposición, se censurara a los derrocadores de gobiernos legítimamente constituidos y que participara en los actos un reciente ex presidente que no guardaba, precisamente buenas relaciones con el gobierno.

Pero además, El Porvenir se dedicó a exaltar los méritos de los Redentoristas y muy particularmente los del padre López. En ese mismo número el periódico de Borrero dedicó un amplio elogio a la Congregación alfonsiana. Narró las misiones de la cuaresma del año 1871, en la Catedral y en San Francisco. La primera a cargo de Grisar en la mañana y López en la tarde, mientras Mina y Etienne lo hicieron en la segunda. El prusiano les pareció un teólogo profundo y un ardoroso misionero. El “simpático” padre López mereció un amplio comentario pues tenía el plus de ser español de Cuenca, España y la

“ventaja de la hermosa lengua de Castilla, ventaja que tanto realza a nuestros oídos, su indisputable mérito como orador. Su voz clara, sonora, su pronunciación dulce y suave, … la sencillez y la gracia de sus maneras, [] los patéticos cuadros con los que ameniza su discurso, en una palabra todas las brillantes dotes oratorias de que está adornado este importante religioso, dan un vivo interés a sus sermones[]. Sin emplear frases hirientes contra nadie, ni palabras que pudieran ofender al pudor, el padre López ha conmovido los corazones hablándonos de las verdades eternas, [] Su única bandera como verdadero sacerdotes, es el estandarte de la cruz; su único partido el de Jesucristo, su única ambición la gloria de Dios y la salvación de las almas”.13


El Porvenir agradeció al obispo ese presente porque dijo que había cierta orfandad de buenos sacerdotes en un momento en el que “las prácticas del culto son ya el resultado de una piedad ilustrada y no de la superstición de nuestros aborígenes”14. Parecería sin embargo, que no toda Cuenca estaba conteste con esos halagos, pues con motivo de la reconstrucción del dañado templo de la Compañía de Jesús el periódico reflexionó en torno a un creciente sentimiento xenofóbico contra las órdenes y congregaciones importadas, mientras insistía en agradecer al obispo la llegada de los Redentoristas y en señalar que todas las órdenes extranjeras eran un dechado de paciencia y esfuerzo:

“un sentimiento de nacionalismo mal interpretado, que más bien que patriótico deberíamos llamar patriotero, ha dado lugar a que se mire con desconfianza (y se desenvuelva[] la mala voluntad que tienen ciertas personas doctas) no solamente a los sujetos de la Compañía sino a todos o a casi todos los religiosos que en estos últimos diez años, han venido del otro lado del océano”.15


Pese a estos elogios, algo no marchaba bien en la Congregación. Grisar fue removido del superiorato porque no gustó que realizara una misión tan excesiva sin pedir apoyo y también por otras razones. Entre ellas el hecho de que el hermano Pío los abandonara para casarse con una cuencana y porque Grisar accedía a todos las presiones que recibía. Incluso el jesuita García lo conminaba a dar misión en Cuenca o lo amenazaba con que ella sería asumida por la Compañía.16 Si bien las fuentes redentoristas abundan en estas dificultades internas tenemos la sospecha de que los misioneros se movían en un terreno poco conocido, donde política y religión formaban una mancuerna indisoluble y donde los elogios de El Porvenir pueden haber generado sospechas de que comenzaban a politizarse. Dependían también de un obispo enfrentado al presidente y se movían en un medio sospechoso de estar filtrado por el liberalismo católico.


La misión del padre López en Quito


La vida de los Redentoristas en Ecuador transcurría entre éxitos y desencuentros en los que abundaremos luego. García Moreno, más o menos libre de invasiones armadas y guerras exteriores, desplegaba una labor modernizadora relativamente intensa en obras de infraestructura y en el impulso a la educación. Enfrentaba sin embargo dificultades. En 1873 la crisis europea hacía estragos en las exportaciones cacaoteras, caucheras y de otros productos ecuatorianos. Una nueva banca emisora se había instalado en Guayaquil y sufría las demandas de un estado ávido de préstamos para el desarrollo de las obras públicas que avanzaban al ritmo moderado que exigía la no aceptación de un oneroso empréstito de Londres. Un conjunto de circunstancias sumieron al comercio y la banca guayaquileña en una crisis financiera que obligó a detener las obras públicas y produjo una seria restricción del circulante. García Moreno ya no estaba dispuesto a abandonar el poder y, en medio de esta coyuntura adversa, presentó su reelección para un tercer periodo presidencial (Buriano, 2008: 310-314).

Sin dudar de la sincera religiosidad del presidente ella no excluía el cálculo político y los compromisos terrenales con la República.17 Esas mismas circunstancias nacionales críticas, aunadas al impacto que produjo en el catolicismo ecuatoriano el derrumbe de los paradigmas provocado por los sucesos europeos de 1870-1871, estuvieron en la base de algunas ceremonias celebradas en el difícil año de 1873. Impulsada por el concejero de García, el padre Manuel Proaño y con entusiasta apoyo presidencial, el Tercer Concilio Quitense promovió la consagración de Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús, iniciativa que acogió la Legislatura de 1873 en octubre de ese mismo año (La devoción, 1899: 3-5). Si bien Ecuador era la primera república en el mundo que lo hacía, la devoción gozaba de gran prestigio en la época (Hidalgo-Nistri, 2013: 20). De antiguo origen barroco fue reformulado como un culto que vinculaba lo espiritual y lo político y se extendió por la Europa de 1870, asociando a la “prisión del Papa” con la reparación del Corazón de Jesús y la derrota de Francia en el Sedán, percibida como un castigo por la infidelidad a Dios. Era así una devoción apta para circunstancias críticas para la búsqueda de una nueva espiritualidad más cristocéntrica que apelaba a un Cristo cercano: el “Cristo-Hombre” e “Hijo del Hombre”, como acostumbraba a decir Félicité R. Lamennais (Demélas, Saint Geours, 1988: 140-141; Harrigan, 1973: 266).

Los actos de Consagración se realizaron en la cuaresma de 1874 en todas las Iglesias catedrales y parroquiales, una vez que llegó de Europa el cuadro que García encargó al pintor Rafael Salas. En Quito la ceremonia fue de gran brillantez, pero no es objeto de este artículo.18 En todo caso interesa a sus propósitos otras ceremonias del entorno de las que da cuenta La Voz del clero, el órgano semioficial del arzobispado de Quito.19 En una corta nota, el periódico católico narró las misiones que se realizaron entre el 12 y el 16 de abril de 1874. Explicó que el arzobispo Checa ordenó la llegada de cuatro misioneros redentoristas de Riobamba y Cuenca con objeto de dar misión en la capital, al unísono en la Catedral y en San Francisco, ambos templos desbordados de fieles tanto en la mañana como en la tarde. Estuvieron presentes el Delegado apostólico, el Arzobispo, el Presidente y lo más notable de la sociedad quiteña que escucharon con unción el santo fervor de los hijos de Alfonso María de Ligorio. Al día siguiente comulgaron centenares de niños, mujeres y hombres y la misión finalizó con una procesión en la que el Presidente y otros distinguidos personajes llevaron la cruz por las calles de Quito.20

El episodio del arrastre de la inmensa cruz en hombros de García es exaltado por todos sus panegiristas. El padre Berthe, que obtuvo muchos de sus datos de los redentoristas en Ecuador, lo narró de manera exaltada:

“terminó la misión por la erección de un calvario, ceremonia que dio ocasión a una escena de los antiguos tiempos. La vasta iglesia metropolitana no podía contener el oleaje del pueblo que se apresuraba a entrar. En el puesto de honor figuraba el presidente rodeado de autoridades[]. Antes de principiar la procesión, uno de los padres misioneros subió al pulpito[] dijo que la procesión de la cruz por las calles de la capital debía ser el triunfo del divino Salvador; recordó que el emperador Heraclio no se había desdeñado de llevar en sus hombros el sagrado madero del Calvario: ‘Espero, añadió, dirigiéndose a los hombres, que todos, [], envidiareis esa misma honra’. Apenas hubo dicho estas palabras, cuando el presidente, revestido de todas sus insignias, dejó su puesto, se aproximó a las andas y junto con sus ministros, se apoderó de la preciosa carga. Así atravesó la capital, llevando sobre sus hombros ante el pueblo entero, la imagen de aquel Dios” (Berthe, 1892: 244).


Pedro Schumacher, el ferozmente antiliberal obispo de Manabí, dio cuenta del hecho en una pastoral reimpresa en su exilio posterior a la revolución alfarista. Narró que halló en París, en 1878, un libro masónico que confesaba que el episodio del arrastre de la cruz había sido la causa por la cual la masonería condenó a muerte a García Moreno: “Cuando supimos que este hombre había llevado procesionalmente una cruz por las calles de Quito, hallamos que la medida estaba llena y decretamos su muerte” (Schumacher, 1899: 44).

El también obsesionado panegirista Gómez Jurado aportó otros datos: contó que el presidente no tenía planeado cargar la cruz para no ser objeto de las burlas de los liberales, pero el padre Pedro López, el mismo redentorista orador del Sermón de San José en Cuenca, predicó en tales términos en la Catedral que García Moreno no tuvo más remedio que salir al cruce de sus palabras. Parece que el redentorista español tomó la gesta del Emperador Heraclio camino del Calvario como la base de su sermón. Dijo que de pronto se le hizo imposible la marcha y quedó como clavado en el piso. Entonces el obispo Zacarías le sugirió que quizá la causa de esa inmovilidad era que no portaba el traje humilde y abyecto con el que Jesús cargó la cruz. Heraclio se descalzó, se vistió con indumentaria plebeya y pudo seguir la marcha. Luego el padre López -contó Gómez Jurado-, se volvió hacia el sitial de García Moreno, y dijo “así eran los antiguos reyes y emperadores del mundo. [] Ahora ya no existen esos magistrados. En su lugar tenemos reyes de barajas y presidentes de repúblicas de papel”. No pudo continuar hablando porque don Gabriel se puso de pie y le apostrofó: “Padre López usted miente. ¡Yo no me avergüenzo de Cristo crucificado! Yo también cargaré sobre mis hombros la cruz” El mandatario que había ido a la ceremonia con su hijo Gabrielito ocupó el primer puesto con los altos funcionarios detrás y dio inicio a la procesión” (Gómez Jurado, 1986: 520-522). El exégeta de García contó que la cargó durante hora y media y que López pensó que se le iba a romper la clavícula.

El episodio del arrastre de la cruz por las calles de Quito está documentado. Reviste un alto sentido performativo del tipo de nación que García se proponía crear y de oportunidad política en una coyuntura electoral en la que su reelección era propuesta como “providencial”21 para la suerte de la república católica, según afirmaba la prensa pro garciana. Eso no ha pasado desapercibido a los ojos de la historiografía. Sin embargo, ella siempre ha desconfiado de las míticas narraciones de Gómez Jurado, de modo que el vistoso incidente podría no ser verdadero.

Sin embargo, el periódico garciano El Ecuador22 de ese mismo año dedicó una fuerte diatriba contra el redentorista español desacreditando sus dichos, sus opiniones sobre la misión en Quito e incluso su labor misionera. El artículo evidencia una animosidad inédita para referirse a un integrante de las congregaciones extranjeras. El periódico comentó “Una carta del Padre Pedro López” dirigida a otro religioso de su instituto sin explicitar cómo llegó a sus manos o se enteró de ella.23 Aseveró que en la carta comentada el padre “por suma ligereza exagera casi todo lo que ha visto y hecho en el Ecuador”. El artículo establecía un símil entre las valoraciones que contenía la carta con las “fantasías” y exageraciones de Antonio Ulloa y Jorge Juan en sus Noticias secretas de América. Lamentaba sus inexactitudes y lo acusaba de intentar demeritar al clero y especialmente a otras órdenes misioneras:

“porque al que mucho exagera poco se le cree; y por otra parte no faltarán quienes digan que estas exageraciones tienen por objeto encarecer los servicios del P. misionero y sus compañeros, aunque sea con mengua de la verdad y de una manera poco honrosa al clero ecuatoriano y a las demás órdenes monásticas que hace algún tiempo trabajan con celo infatigable por la mejora de las costumbres”.24


Aunque consultamos otras cartas del padre López, la aquí anatematizada de 1874, no es mencionada por Córdoba Chávez que tiene un amplio manejo de los Archivos Históricos de la Congregación. Parecería, según indica el periódico, que ese redentorista, el mismo que ofició la misa referida y tuvo el altercado con García, se expresaba en muy malos términos del estado espiritual y material del país y de los propios actos que describió como pobres y carentes de fervor. El padre hacía notar que sólo cumplieron los ejercicios públicos unos mil quinientos fieles. El Ecuador le recordaba que no sólo hubo gran concurrencia en Quito, cuando López dio la misión ya que comulgaron cerca de seis mil fieles, entre hombres, mujeres y niños, sino que antes hubo ejercicios públicos y otras distribuciones piadosas en los Hermanos Cristianos y en los Sagrados Corazones. Le recordaba que en la Compañía lo hicieron como 2000 y además acudieron a otras congregaciones como la de la Virgen Santísima, en la Merced, en Santo Domingo y en San Francisco. Pero además le restregaban que en esos mismos días también dieron misión jesuitas y miembros del clero secular en la parroquia de Sangoloquí, donde el éxito se vio colmado por 4000 fieles. Y que antes habían practicado también en las parroquias de Saquisilí y Pugilí.

Desmentía también las quejas sobre el estado de los caminos por los que transitó el padre López, llenos de accidentes inaccesibles, como él decía en su carta. Increíblemente les parecía una descripción fantasiosa. Citaban un párrafo donde el redentorista narraba la evangelización de los miserables que en toda su vida jamás vieron en sus valles cubiertos de caña dulce ni un solo sacerdote”.25

“Si el padre misionero hubiera ido a predicar a los jíbaros o tribus errantes de nuestras selvas orientales, y a donde no han llegado los PP misioneros de la Compañía de Jesús, hubiéramos creído su aseveración; pero ni él ni sus compañeros salen de los poblados y como en esta parte no hay un solo paraje que no pertenezca a una parroquia, ni parroquia que no tenga su cura, el P. López no solamente exagera, sale de los límites de la verdad”.26


Y frente a sus quejas entorno al estado moral de los indígenas y su suprema ignorancia en torno al dogma y las temáticas religiosas que les parecían “cosa nueva y nunca oída”, le respondían que parecería que “el padre López es el único misionero, y a él deberá el Ecuador las luces de la fe”:

“Así tenemos que ni los obispos, ni los párrocos, ni los institutos monásticos, ni el gobierno, ni las leyes nada han hecho para que estos pueblos saliesen del seno de la corrupción y la barbarie más deplorables: por manera que si el padre López no hubiese venido a evangelizar, todos habríamos perecido sin oír jamás las verdades eternas y la explicación de la doctrina cristiana”.27


Y el artículo del periódico pro garciano abundaba en largas citas sobre lo que habían escrito “hombres ilustrados, religiosos e imparciales” sobre Ecuador, entre ellas lo publicado por los padres capuchinos en la Revista Franciscana, así como una correspondencia de Quito publicada en La Civiltá Cattólica que exaltaba el enorme progreso logrado en el país en todos los ámbitos, urbanísticos, educativos, carcelarios y espirituales. Concluía el artículo diciendo: “Véase pues como el padre Pedro López ha escrito su carta con suma ligereza, sin haber contraído su atención al verdadero estado en que se encuentra la nación, y sin caer en cuenta que no solamente ofendía a la verdad, sino al celo apostólico del clero y de los institutos que existen en la república28.

Ya avanzada la campaña electoral, el célebre poeta y escritor Juan León Mera, intelectual orgánico del régimen garciano, renunció de manera airada a su corresponsalía con la Gaceta Internacional de Bruselas periódico español que se publicaba en Bélgica. La renuncia tenía que ver con el hecho de que el redactor responsable le había indicado que limitara sus colaboraciones a asuntos de interés general y se abstuviera de todo lo que atañera al gobierno de Ecuador y a la política. Incluso La Gaceta había prestado las páginas de su número 140 a reproducir artículos periodísticos y folletos contrarios al presidente del Ecuador. Había publicado “La dictadura perpetua”, la carta que Juan Montalvo (1993: 39-53), dirigió al Star and Herald de Panamá en torno a la reelección de García, artículos de la prensa opositora ecuatoriana ya clausurada y de otros periódicos latinoamericanos liberales. Aunque no hemos podido consultar La Gaceta, es indudable que también se había erigido en defensora del padre López por los ataques de los que había sido objeto. Mera le decía al corresponsal: “En cuanto al padre López a quien Ud. da la razón de haber ultrajado al Ecuador… ¡Oh!, hay cosas que no merecen contestarse”,29 referencia indicativa de que el conflicto con el padre redentorista trascendió las fronteras y llegó a la prensa europea.


Algunas consideraciones en torno a las relaciones entre el espectro católico ecuatoriano y el Estado garciano


Aunque no conocemos la carta de López de ese año seguramente no fue diferente de otras que había escrito antes y que coincidían plenamente con el sentir de sus compañeros. Casi recién llegado a Cuenca pintó a su Superior provincial un panorama desolador y muy cargado de prejuicios antiamericanos: “El carácter general de estas gentes es el del doblez; desde el primero al último están todos más o menos tocados de este defecto; así que no se puede tener fe en lo que dicen, ni en lo que prometen, ni seguridad en su amistad y buen afecto”.30 Era una opinión compartida entre los redentoristas de ambas sedes. Todos se quejaban del costo de los alimentos y de la poca voluntad de dar limosnas entre una grey que consideraba a los extranjeros como voraces apropiadores de recursos. El padre Grisar y su sucesor Glaudel renegaban del estado de los conventos que les asignaron: “Quién creería que un prelado pueda engañar al General de una Orden en un asunto tan importante como la fundación de un convento, y sin embargo, es así”,31 decía el sucesor de Grisar y éste derramaba su desánimo en una reseña de 24 páginas:

“No hacemos falta para Cuenca. Ya hay jesuitas, dominicos y suficiente clero. Los indios y toda la gente de acá son muy apáticos y flemáticos. Los caminos son horribles. Existe mucha superstición, ignorancia y pobreza; hay salvajes feroces e idólatras (los jíbaros); los curas son adinerados y fuman; los jóvenes son fríos y corruptos, perezosos y falsos; las mujeres son muy ligeras; no se visten bien; hay que tomar precauciones con ellas; ni las devotas inspiran confianza. El convento está en ruinas, con tres habitaciones miserables. Las limosnas son pocas y los gastos muchos. Poca esperanza de misiones, pues las cuatro quintas partes de la gente es indígena y habla el quechua. Estamos desesperados; no hay nada para la cocina. El Ecuador y Bolivia son las repúblicas más atrasadas de América”.32


No debe pensarse que esa era la impresión de las jerarquías menores de la congregación. Didier, el superior de ambas fundaciones, tenía una impresión terrible de Ordóñez que extendía hacia todos los nacidos en estas tierras. Informaba a Mauron que todos sufrían porque: “El carácter doble y tramposo de los americanos me hace sufrir; no son leales ni francos. Todos son así, menos el Presidente”33. Por ello se negó a ratificar el auto de adjudicación del Convento de San Agustín, en Riobamba:

“Cuando monseñor estuvo en Roma me prometió iglesia, convento y renta suficiente, y yo le prometí enviar padres[]. Siguiendo estrictamente lo que ordenan nuestras reglas, por medio de misiones, ejercicios espirituales y retiros al clero y a los fieles. No podemos aceptar parroquias ni seminarios. Jamás se habló de establecer noviciado en Riobamba, ni que ésta fuera la casa central, convento principal, ni residencia del superior de la provincia en Ecuador. [] Parece que tendremos que dar misiones cada vez que el obispo de Riobamba ordene. [] Estas condiciones atarían a los superiores, los cuales estarían sometidos exclusivamente al gusto de los obispos de Riobamba. Y todo porque la Congregación recibe un convento y una iglesia en ruinas y una renta insuficiente”.34


Amenazó incluso con que si la autoridad diocesana insistiera “no nos queda más remedio que retirarnos para ir a trabajar a otra parte”.35 Y Didier estaba convencido de que “vivimos en el país de arbitrariedades”.36 Por otra parte el arzobispo Checa contaba con la aquiescencia de Pío para adjudicar el Convento de San Agustín de Riobamba para establecer el Semanario Mayor de la Arquidiócesis y afirmaba que había sido un acto arbitrario del obispo Ordóñez quitar de él a un prior muy apreciado.37 Pedro Moro, el visitador de los dominicos, también estaba furioso por la llegada de nuevas congregaciones. “Nos han dado una bofetada… es injusto que nos quiten los conventos” le reclamaba al cardenal Antonelli y vaticinaba que cuando García Moreno terminara su mandato no habría ni novicios ni ordenados.38

Parece indudable que el padre López no gozaba del don de la oportunidad. También es cierto que no era el único redentorista disconforme con la situación de Ecuador. Había sido políticamente incómodo cuando en ocasión del Sermón de San José hirió susceptibilidades al referirse a quienes echaban abajo gobiernos constituidos; el símil del emperador Heraclio y el obispo Zacarías colmó la escasa paciencia presidencial, aunque le brindó a García la oportunidad de hacer una demostración de fe callejera en plena campaña electoral. Y si bien el padre Didier informó que hasta el padre López había tenido tentaciones contrarias a su vocación39 hay un trasfondo que trasciende la figura y características de personalidad del misionero y que dice mucho sobre la problemática que enfrentaron las órdenes extranjeras durante el garcianismo. No todo fue idílico.

Cuando llegaron los redentoristas el clima religioso estaba alterado por la aplicación de la reforma y esos padres, espiritualmente exaltados, no fueron bien vistos por sectores del clero que intrigaba contra ellos, lo que no facilitó su aclimatación. Ellos participaban de un fuerte prejuicio antiamericano en un momento en que afloraba en Ecuador un prurito nacionalista en estrecha mancuerna con la defensa del régimen. Asentaron su misión en una región opositora y en un obispado que no guardaba las mejores relaciones con García. En 1873 las diferencias entre el obispo de Cuenca y el gobernador llegaron al punto de administrarse respectivamente la excomunión y el destierro. Y si bien García pidió a Pío “libertar definitivamente a la infortunada Diócesis de Cuenca de un Pastor que la conduce a su ruina espiritual y temporal” también tuvo que destituir a su gobernador predilecto (Cárdenas, 2005: 134).

Las tensiones, sin embargo, no sólo se encontraban en Cuenca. La misión en Quito fue promovida en una coyuntura electoral no por el presidente precisamente, sino por el arzobispo Checa y Barba. No deja de ser significativo que la ceremonia se viera afectada por ese altercado. Si bien Checa se acopló a la reforma no gozaba del favor de los garcianos, no fue su candidato al arzobispado y resultó electo en el Congreso de 1868 con el apoyo de la oposición, en una muy competida confrontación contra la candidatura de Ignacio Ordóñez que apoyaba García (Buriano, 2013: 84-86).

Como ha señalado Derek Williams, la tardía prensa oficial del arzobispado, La Voz del Clero, pretendía encarnar a todo el clero ecuatoriano. Aunque representaba realmente al clero secular como el núcleo duro del proyecto nacional católico de Ecuador, no así a los regulares. El periódico mantenía un marcado silencio sobre la actividad misionera que podría ser indicativo, opina este especialista, de un latente anti-jesuitismo entre el clero secular y, agregaríamos también entre muchos regulares y algunos círculos católicos laicos (Williams, 2006: 8). En tanto las únicas misiones que exaltaba el garcianismo eran las jesuíticas. De modo que otros misioneros competidores podrían resultarles espurios.

Aunque difícilmente puedan ser desentrañadas las razones últimas de la animadversión que despertó el pobre padre López son indicativas de que, aun en sus momentos finales, no existía una muy armoniosa relación entre la Iglesia y el muy católico gobierno como sostuvo la historiografía por mucho tiempo. Las tensiones agitaban el espectro católico ecuatoriano y removían las relaciones Iglesia-Estado.


Publicaciones periódicas


El Nacional, Quito.

El Porvenir, Cuenca, Ecuador.

La Voz del Clero, Quito.

El Ecuador, Quito.


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Recibido: 25 de julio de 2018


Aceptado: 23 de septiembre de 2018.


1Carta de Félix M. Grisar a Nicolás Mauron, 28 de mayo 1870, Legajo 30040201, Documento 0127, Archivo General Histórico de los Redentoristas (AGHR), Roma. Consultado en Álvaro Córdoba Chávez (2000) “Viajes misioneros. El Ecuador, base de las fundaciones Redentoristas en el Pacífico Suramericano”, Spicilegium historicum Congregationis SSmi Redemptoris, nº 48, Roma, p. 564.

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[Consulta: 20 de abril de 2018]

2 Existe una vasta bibliografía sobre García Moreno. Sólo mencionamos algunos estudios más o menos contemporáneos, entre ellos: Ayala Mora (1986: 124-160), Démelas y Saint-Geours (1988: 147-161), Buriano (2008), Henderson (2008), Maiguashca (2005: 233-259).

3 El padre Didier se refería a García como “un amigo”. Es la impresión que recogió de una entrevista en Quito donde el presidente le ofreció apoyos para la extensión de la misión, el arreglo de las casas, libros, tierras y rentas. Carta de Pedro Didier a Aquiles Desurmont, 1ero. de octubre 1873, Legajo 30040201, Documento 0042, (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000), p. 573, nota 79.

4 El Archivo concentra documentación desde 1725, los escritos de su fundador, los documentos oficiales del gobierno general, de las provincias, viceprovincias, las regiones y los miembros de la congregación y se encuentra parcialmente digitalizado. Archivo <https://www.cssr.news/spanish/redentoristas/gobierno-general/archivo-general/>

[Consulta: 28 de septiembre de 2018]

5 "Acta del Congreso de 11 de enero de 1868", El Nacional, 25/enero/1868.

6 Carta de Nicolás Mauron a Aquiles Desurmont, 9 de febrero 1870, Legajo 300400, (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000), p. 553.

7 José Ignacio Ordóñez [Petición de Ordóñez y Rescripto de Pío IX sobre supresión de los conventillos en Riobamba], 25 de febrero 1870, Legajo 300400, (AGHR), Roma. Santa Sede, Rescripto [Breve de Pío IX sobre supresión de los conventillos en Cuenca], 8 de marzo 1870, Legajo 30040201, Documento 0122 (copia), (AGHR), Roma. Remigio, obispo de Cuenca [Auto de adjudicación del convento a los Redentoristas en Cuenca], 30 de mayo 1870, Legajo 30040201, Documento 0006 (AGHR), Roma. [Auto de adjudicación del convento a los Redentoristas en Riobamba] en Carta de Pedro Didier a Nicolás Mauron, 3 de mayo 1871, Legajo 300400 (AGHR), Roma. Documentos consultados en Córdoba (2000), pp. 602-609.

8 Carta de Pedro López a Aquiles Desurmont, 15 de junio 1870, Legajo 30040201, Documento 0131 (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000), pp. 397-399.

9 Luis Fernández de Retana, Vida del P. Pedro Celestino López, ms del Archivo Provincial de la Provincia de Madrid, citado en Fabriciano Ferrero, Las primeras misiones populares de los Redentoristas en España, 1863-1868, pp. 383-384. <http://www.santalfonsoedintorni.it/Spicilegium/33/SH-33-1985(II)357-451.pdf> [Consulta: 10 de febrero de 2018]

10 Carta de Nicolás Mauron a Pedro Didier, 25 de mayo 1870, Legajo 30040201, Documento 0005, (AGHR), Roma. Carta de Aquiles Desurmont a Nicolás Mauron, 31 de mayo 1870, Legajo 300400, (AGHR), Roma. Consultadas en Córdoba (2000), pp. 560, notas 47-48.

11 Antonio Borrero Cortazar (1827-1911), redactor responsable de El Porvenir fue un abogado y periodista de larga trayectoria, que formó parte de las celosas y cultas élites cuencanas. Aunque desde al inicio apoyó al régimen mantuvo una distancia crítica con el proyecto garciano se distanció de su antiguo compañero de estudios a partir de 1864 a partir de diferendos con la política exterior, su extrema represión y algunos aspectos del trámite del Concordato que García había concertado la Santa Sede. La principal diferencia de este sector, conformado por importantes prohombres que ejercían ministerios en la Corte de Justicia del Azuay, provino de su acendrado civilismo y apego a la ley. La insistencia de García, que denunciaba la “insuficiencia de las leyes” con las que debía gobernar, los apartaron definitivamente. Promovió la candidatura opositora para sustituir a García en 1865 y se enfrentó con el gobernador Ordóñez. Desde entonces lideró el periodismo opositor con El Centinela (1865), El Constitucional (1868) y El Porvenir (1871) una actividad que le supuso persecuciones y destierros. Amigo del obispo Estévez Toral fue acusado, él y su tendencia política, de estar imbuidos de catolicismo liberal. Realmente fueron una corriente cercana al catolicismo social. Luego del asesinato de García fue electo presidente por amplia mayoría. Ejerció el gobierno durante un año y fue depuesto por una conjura militar. Pérez Pimentel <http://www.diccionariobiograficoecuador.com> [Consulta: 27 de septiembre de 2018]

12 “Fiesta de San José: gran reunión de católicos en el Colegio Seminario: manifestación de todos ellos a favor del Romano Pontífice”, El Porvenir, 20/marzo/1871.

13 “Las misiones de este año”, El Porvenir, 20/marzo/1871.

14 “Las misiones de este año”, El Porvenir, 20/marzo/1871.

15 “A cada cual según sus obras”, El Porvenir, 10/noviembre/1871. (Cursivas en original).

16 Sustituido por el padre Glaudel, asumió nuevamente el superiorato pues este murió muy pronto, citado en Córdoba (2000), p. 585, nota 120. Mauron se decía escandalizado por la forma de actuar de los hermanos de Cuenca, Carta de Nicolás Mauron a Pedro Didier, 2 julio 1871, Legajo 30040201, Documento 0022, (AGHR), Roma; mientras Didier opinaba que Grisar no servía para Superior. Carta de Pedro Didier a Nicolás Mauron, 14 de agosto 1871, Legajo 30040201, Documento 0023, (AGHR), Roma. Consultados en Córdoba (2000), pp. 584-585.

17 Coincidimos con Williams en reconocer una auténtica catolicidad en García y una visión integral del hecho religioso-político, donde la religión legitimaba el orden social, el régimen, la concepción del Estado y de la comunidad política. Williams (2007), p. 345.

18 “Acto de consagración al divino Corazón de Jesús”, La Voz del Clero, 6/marzo/1874.

19 El periódico respondía al impulso vaticano de utilizar ese medio de la modernidad que era la prensa para combatir a los enemigos del catolicismo. Perteneció a una segunda generación de esos periódicos pues, aunque existió una prensa eclesiales anterior, como El Institutor de Cuenca que pertenecía a la diócesis o El Clero de Quito, ellos podrían adscribirse a lo que Williams identifica como primera generación de prensa católica oficial, dedicada a la defensa de la prelatura frente al Estado o a la promoción de los intereses corporativos del clero en momentos de agitaciones como las que rodearon la reforma del Concordato. Resultaría extraño que el arzobispado de la capital respondiera tardíamente a este llamado pues La Voz del Clero se publicó entre 1872-1875. Seguramente las pésimas relaciones que mantuvo García Moreno a inicios de su mandato con el arzobispo Riofrío hayan impedido que cuajara antes este propósito. Williams (2006).

20 “Misiones”, La Voz del Clero, 1ero./mayo/1874.

21 “Reelección”, El Ecuador, 19/diciembre/1874.

22 El Ecuador (1874-1875) fue un semanario quiteño de combate que sustituyó, en continuidad aunque con un cambio de perfil, a La Verdad otro periódico pro garciano sumamente afín. Más allá de sus propósitos declarados, es decir, combatir la revolución y la civilización moderna que conmovían el orden social y desorganizaban los Estados, sus propósitos fueron claramente electorales, para garantizar la reelección de García en mayo de 1875, momento en que, según sus redactores, se jugaba la vida o la muerte de la nación, el progreso o decadencia de la patria. No sabemos quiénes fueron sus redactores responsables, sin embargo, sospechamos que Camilo Ponce y José Modesto Espinosa junto con otras personas pueden haber intervenido. El semanario guarda también similitud, en algunas notas editoriales, con las del periódico oficial. Posiblemente Eloy Proaño, el entonces redactor responsable de El Nacional, tuviera alguna participación. Contó también con importantes colaboraciones de Juan León Mera.

23 García sostenía un aparato de control policial que incursionaba en la correspondencia. También puede haber sido entregada por algún integrante de la congregación.

24 “Una carta del padre López”, El Ecuador, 5/diciembre/1874.

25 Cursivas en el original. Todos los viajeros coincidían en descripciones de las dificultades extremas que implicaban los pasos de montañas y selvas.

26 “Una carta del padre López”, El Ecuador, 5/diciembre/1874.

27 “Una carta del padre López”, El Ecuador, 5/diciembre/1874.

28 “Una carta del padre López”, El Ecuador, 5/diciembre/1874.

29 Juan León Mera, “Una correspondencia”, El Ecuador, 16/marzo/1875

30 Carta de Pedro López a Aquiles Desurmont, 15 de junio 1870, Legajo 30040201, Documento 0131, (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000), p. 597-599.

31 Carta de José Glaudel a Nicolás Mauron, 18 de noviembre 1871, Legajo 30040201, Documento 0146, (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000), p. 579.

32 Carta de Félix M. Grisar a Desurmont, 12 julio 1870, Legajo 30040201, Documento 0133, (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000) pp. 588-589.

33 Carta de Pedro Didier a Nicolás Mauron, 14 agosto 1871, Legajo 30040201, Documento 0023, (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000), p. 592.

34 Carta de Nicolás Mauron a Aquiles Desurmont, 8 de junio 1871, Legajo 30040201, Documento 0021, (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000), pp. 591-592.

35 Carta de Nicolás Mauron a Aquiles Desurmont, 8 de junio 1871, Legajo 30040201, Documento 0021, (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000), p. 592.

36 Carta de Pedro Didier a Nicolás Mauron, 12 de mayo 1872, Legajo 30040201, Documento 0027, (AGHR), Roma. Consultada en Córdoba (2000), p. 593.

37 José Ignacio [Checa], Nota a Mariano Marini, 12 de marzo 1870, Fascículo 438, Posición 182, Archivio della Sacra Congregazione degli Affari Ecclesiastici Straordinari (AA.EE.SS), El Vaticano. Consultado en Córdoba (2000), p. 563.

38 Pietro Moro, Reclamo enviado a Giacomo Antonelli, 18 de diciembre 1873, Fascículo 443, Posición 225, (AA.EE.SS), El Vaticano. Consultado Córdoba (2000) p. 563.

39 Carta de Pedro Didier a Nicolás Mauron, 14 de agosto 1871, Legajo 30040201, Documento 0023, (AGHR), Roma. Consultado en Córdoba (2000), p. 584.

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