Advenitat Regnum Tuum. Utopía católica y cuestión social en Argentina en el ocaso del siglo XIX*

Advenitat Regnum Tuum. Catholic utopia and social question in Argentina at the end of the 19th century


Esteban Diamante

Universidad Nacional de Rosario

esteban.diamante@hotmail.com


Samir Nasif

Universidad Nacional de Rosario (CEHISO)

samir_nasif@hotmail.com



Resumen

En el presente trabajo nos proponemos abordar las formas a través de las cuales el catolicismo social interpretó los cambios que trajo aparejados la Modernidad industrial y liberal, y qué alternativas brindó de cara a un futuro obrero y católico en Argentina. Para tal propósito, nos serviremos de conferencias y discursos documentados en el Diario de Sesiones del Primer Congreso de los Círculos de Obreros de 1898. Así, indagaremos ciertas ideas y proyectos que confrontaban con otras propuestas “utópicas” como el socialismo y el liberalismo. En esta disputa, lo que estaba en juego era ofrecer respuestas al problema que representaba la “cuestión social” que traía consigo el mundo moderno e industrial.

Palabras clave: Catolicismo social, cuestión social, utopía, Círculos de Obreros

Summary

In this paper we address the ways through which the social Catholicism interpreted the changes that brought with them modern industrial, liberal, and that alternatives provided face to a future worker and Catholic in Argentina. For that purpose, we serve conferences and speeches that are documented in the Diario de Sesiones del Primer Congreso de los Círculos de Obreros de 1898. So, delving certain ideas and projects that confronted with other proposals "utopian" as socialism and liberalism. In this dispute, what was at stake was to provide answers to the problem that represented the “social question” that came with it the modern, industrial world.

Key Words: social Catholicism, social question, utopia, Workers' Circles.



Introducción

A su Santidad León XIII – Roma – hoy instalóse el primer Congreso de Obreros Católicos Argentinos, que pide a S. S. León XIII, su apostólica bendición, manifestando su adhesión a las enseñanzas de la encíclica Rerum Novarum”.1 A través de estas líneas, la comisión ejecutiva del Primer Congreso de los Círculos de Obreros argentinos de 1898 se dirigía al Papa, por medio de un telégrafo, para darle a conocer que en el país se adherían a su causa y cumplían sus propósitos. La batalla que el Vaticano libraba contra el mundo moderno requería apoyo en diversos frentes y, en consecuencia, la República Argentina no sería una excepción. En el presente trabajo nos proponemos abordar las formas a través de las cuales el catolicismo social interpretó los cambios que trajo aparejados la Modernidad industrial y liberal, y qué alternativas brindó de cara a un futuro obrero y católico en Argentina. Los estudios sobre la temática han ido creciendo en el último tiempo a partir de una renovada historiografía que apunta a visibilizar y problematizar sobre la presencia de actores católicos en las distintas esferas que componen la acción política, en consonancia con el desarrollo de la historia de la Iglesia católica en el país (Caretta y Zacca, 2008; Camusso, López y Orfali Fabre, 2012). No obstante, los trabajos directamente centrados en el catolicismo social – y más aún en sus inicios – siguen siendo relativamente pocos (Martín, 2012; Vidal, 2006; Amuchástegui y Castelfranco, 2016; Asquini, 2016; Mauro, 2015a; Lida, 2009, 2016). Por otro lado, en general, dichas investigaciones priorizaron el estudio de las organizaciones y su funcionamiento así como las iniciativas mutualistas (Roselli, 2009; Vidal, 2006; Mauro, 2015b; Lida, 2016), más que las ideas mismas que sustentaban esas iniciativas. En este trabajo, por el contrario, nos interesa profundizar en las ideas e imaginarios utópicos de los católicos sociales en sus primeros momentos. Para llevarlo a cabo, tomaremos como punto de partida distintos discursos que se dictaron en el Congreso previamente mencionado, recopilados en su Diario de Sesiones, siendo interesante destacar que se trató del primer movimiento católico laico de gran envergadura y con aspiraciones nacionales. De este modo, partiendo de la visión e interpretación de los contemporáneos, podremos aproximarnos a una concepción de la modernidad ofrecida por los propios actores del periodo, en tensión con sus expectativas de futuro y su fuerte apoyo en un pasado idealizado de una cristiandad que se debía reconquistar. El enfoque que nos permite abordar estas cuestiones se inscribe en las teorías de la secularización, entendidas como la transformación del mundo católico ante los avatares de la modernidad (Mauro y Martínez, 2015). En esa transición, la canalización de la emergente cuestión social, y la consecuente redefinición de los vínculos al interior de la sociedad, por parte de cierto sector del catolicismo propició una serie de discursos tendientes a diseñar respuestas y proyectos alternativos a los propuestos tanto por el liberalismo como por el socialismo.



La Iglesia romana se posiciona en el mundo moderno: los inicios del catolicismo social

La concepción del mundo propia del Antiguo Régimen se vio socavada en el largo plazo. Desde que el mundo occidental tomó dimensiones planetarias se fueron gestando y consolidando cambios que con el tiempo moldearon un ideal de sociedad y de política que ya no se legitimaría en el derecho divino. Pese a que se trató de un proceso de larga duración y de múltiples variables, la cristiandad recibió su golpe de gracia con las Reformas, primero, y con la Revolución Francesa unos siglos después. Los desafíos que tendría por delante la Iglesia en el siglo XIX sería reposicionarse en el espacio público, reconquistar la masa de población pobre y obrera, hacer frente a las nuevas doctrinas liberales y, principalmente, evitar el cataclismo socialista revolucionario. Entre estos numerosos problemas, el que más preocupaba era la cuestión social: la clase obrera, víctima del “desquicio universal”,2 aquella

legión de trabajadores que se cuentan por millones en la tierra, que viven en usinas malsanas, en las minas, en las fábricas llenas de ruido, de polvo, de humo, de un aire sofocante, que se aglomeran en los centros industriales o en las grandes ciudades modernas, agravando con su misma aglomeración las penosas condiciones de subsistencia y de sus familias3, problema cuya solución aceptable sería verdaderamente nula si no se buscara bajo los auspicios de la religión y de la Iglesia”.4



En 1859 se culminaba la pérdida definitiva de los territorios pertenecientes a los Estados Pontificios, es decir, la Santa Sede ya no programaría sus movimientos políticos en clave geopolítica, sino que las aspiraciones serían más bien “universales”. El Papa Pio IX había declarado la guerra al mundo moderno con sus encíclicas Syllabus y Quanta Cura (Mauro, 2015a), a tal punto de declarar “pecado” al liberalismo. León XIII, al contrario de su predecesor, bajaría a media asta la bandera intransigente y delineó un programa de reformas orientadas a propiciar la “armonía de clases” y el desarrollo de las asociaciones católicas (Mauro, 2015b). Se trataba de una aceptación “posibilista” o estratégica, por parte del sucesor de Pedro, de los regímenes políticos liberales y, con ello, de sus instrumentos, métodos, etc. (Montero, 2000). Aceptar esto no excluía de ningún modo la propuesta de una “utopía” política propia, propagada desde la doctrina social de la Iglesia, y de la cual los Círculos de Obreros en Argentina serían representantes y difusores. Utópica a su manera en el siglo de las utopías (Mayeur, 1972), la Iglesia Católica que muchos creían agonizando con el correr del siglo XIX comenzaba a jugar con las reglas del juego de la modernidad.

Al considerar que la Iglesia Católica estaba ofreciendo una utopía como alternativa a la cuestión social, nos vemos obligados a definir qué entendemos por aquello. Las islas imaginadas por Tomás Moro (aquel “no-lugar”) ya no serían compatibles en el nuevo siglo nacido de la Revolución: los anhelos de sociedades distintas, lejos de resultar un sueño quimérico e imposible, se ubicarían en el futuro, como esperanzas a priori alcanzables (Baczko, 1991). Una diversa gama de visiones del mundo en disputa, característica de la modernidad, que engloban el pasado y prometen un futuro. Estas representaciones permiten que nos aproximemos a las expectativas que movilizaban las esperanzas colectivas de un determinado grupo, y a las valorizaciones negativas sobre el mundo al cual se buscaba modificar.



Pensar el Reino de Cristo en Argentina: el catolicismo social en los discursos del Primer Congreso de los Círculos de Obreros en 1898

Desde el papado de León XIII, cambia radicalmente la valorización del “mundo”: el tiempo de los hombres (terrenal y profano) ya no se confronta pertinazmente con el tiempo escatológico (el futuro Reino de Dios), más bien, en diálogo “realista” con la modernidad (Montero, 2000), la construcción del Reino comienza en el mundo de los hombres. Si observamos los distintos discursos en el Primer Congreso de los Círculos de Obreros en Argentina, todos apuntan en esa misma dirección: el anhelo de una sociedad regenerada, de una familia resucitada, una clase obrera salvada bajo la bandera de Jesucristo y compuesta por “cristianos íntegros, manifestándose hijos de Dios, discípulos de cristo, dando público testimonio de su fe, defendiendo las libertades de su ‘patria espiritual’, de la Iglesia Católica”.5 El Reino de Dios, desde la regeneración moral del hombre, tendría que erigirse en medio del drama del mundo moderno: un mundo animado por el deseo del desarrollo (intelectual, económico, industrial, urbano, social, etc.), en el cual la burguesía ha desatado la “tragedia” en pos de la obtención de beneficios y acumulación de capital (Berman, 1988: 30), alimentando la presión de la clase capitalista por transformarse constantemente e innovar para no perecer ante otros capitalistas. De este modo, las posibilidades creativas de la vida moderna son también destructivas y “se asemejan al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros”.6 Si el catolicismo se proponía edificar la nueva cristiandad desde las entrañas de este nuevo mundo, debía hacerlo con los medios, instrumentos, métodos y lógicas que brindaba la modernidad. Contribuyendo, paradójicamente, a fortalecerla y a producirla, al igual que las demás ideologías modernas.

Lo que describimos hasta el momento nos permite abordar el proceso de secularización como una recomposición del catolicismo mundial ante la modernidad liberal, en donde se pusieron en juego distintas estrategias con aspiraciones colectivas de un proyecto religioso y moderno (Hervieu-Lèger, 1990), y de ninguna manera lo consideramos un mero declive o “muerte natural” de la Iglesia Católica ante el avance técnico del progreso y de la intelectualidad ilustrada. Más allá del reconocimiento de los avances técnicos, se concebía desde el Congreso de los Círculos la superioridad de la religión al dar explicaciones sobre el origen del universo, del fin último del hombre y cuestiones de índole trascendente:

Según los representantes de la incredulidad, la religión es incompatible con la ciencia, y pronostican como próximo el derrumbe de la Religión en nuestro siglo de las luces. Si, siglo de las luces, ya lo creo, el kerosene, el gas, la luz eléctrica, el incandescente y el acetileno, son descubrimientos o invenciones de nuestra época. Todos esos progresos son válidos, pero en los problemas y cuestiones que más interesan al hombre, la moderna ciencia está tan atrasada hoy como en tiempo de Homero”.7

Los encargados de llevar a cabo las obras católicas tendientes a reposicionar a la Iglesia y a la religión en las familias y en la sociedad serían los militantes “laicos” (ya existentes y nacientes). En la Argentina hubo algunos antecedentes con sesgo mutual que prefiguraron la creación de los Círculos de Obreros: en 1877 se creó la Asociación Católica de Obreros (500 afiliados) y en 1884 surgía la Sociedad Católica de Socorros Mutuos, vinculada a la Unión Católica, incluso también llegarían a concretar la celebración de un Congreso (Di Stéfano, Sábato, Romero y Moreno, 2002). En ese mismo año llegaba al país el sacerdote redentorista alemán Federico Grote, quien daría un importante impulso en la fundación del primer Círculo de Obreros en Argentina el 2 de febrero de 1892, con el objetivo de “promover y defender el bienestar material y espiritual de la clase trabajadora, de acuerdo con las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia” (Sánchez Gamarra, 2009). La encíclica Rerum Novarum prefiguraba un modelo de asociacionismo, con bases en la teología tomista (“los fieles de Cristo son llamados a la unidad”)8, que tenía como fin último el bien común. La proyección hacia un pasado idealizado era a través de la imagen de los gremios medievales como referencia de reunión corporativa, los cuales no sólo habrían cobijado al obrero artesano, sino que habrían contribuido enormemente al progreso material.9 Este ideal de sociedad orgánico-corporativa en donde el socio de los Círculos no es ya un ser aislado y anónimo, sería compatible con el imaginario propuesto de cara al futuro obrero y católico: “la verdadera independencia que todo hombre debe buscar en el porvenir, que casi siempre niega la europea y cuya realización se ofrece en la República Argentina, dada su enorme extensión territorial, incipiente desarrollo industrial a diferencia de las grandes urbes en Europa y con una dispersión de la masa poblacional en donde cualquier obrero puede aspirar a ser propietario.10 La proyección era tanto hacia el pasado medieval, como hacia el futuro del entrante siglo XX, en el cual Cristo sería la cabeza del cuerpo social, transmitiendo a los miembros el sentido y el movimiento,11 al igual que en organismo viviente.

El primer local de los Círculos funcionó sobre Avenida Santa Fe (Buenos Aires), cuando todavía se hallaba lejos de ser la Gran Vía del Norte. Esta localización descentrada, a mitad de camino entre el centro y la periferia, facilitó su inicial labor socialcristiana estrechando vínculos de sociabilidad barrial e interclasistas (Lida, 2016). El modelo predilecto operado por Grote en sus inicios seria la Volksverein, o asociación del pueblo: en este tipo de acción social, el laicado opera de manera autónoma y se concebía a los Círculos como una “confederación” y no como una estructura piramidal y rígida (Vidal, 2006). El carácter confesional de la asociación no fue considerado en sus primeros momentos por Grote con el objetivo de no relegar a la masa obrera que se encontraba alejada del cristianismo. Este nuevo asociacionismo difería, sin embargo, del añorado corporativismo medieval: la reunión de hombres se daba por voluntad propia, en tanto fuesen individuos libres. He allí otro rasgo moderno canalizado por el catolicismo para su recomposición: el derecho a la asociación libre. Por tal motivo, la masa obrera era objeto de disputa con otros movimientos como el socialismo y el anarquismo. Mucho más aun en un contexto nacional en el cual, desde la fundación del Club Socialista (Verein Vorwärts, compuesto por exiliados alemanes) en 1882, se experimentaban huelgas de considerable envergadura hasta el momento (Falcón, 2011), lo que generaba incertidumbre en relación a cómo se imaginaba el futuro obrero en el país. De este modo se pronunciaban en el Primer Congreso de los Círculos, en argentina:

si comparamos al socialismo con un incendio o con una explosión, ya que tan aficionados se han mostrado los socialistas a los explosivos, podremos decir que las doctrinas que acabamos de analizar, las enciclopédicas de Rousseau, las económicas de Smith y su escuela, las disolventes de Lasalle y Marx precedidas por otro medio centenar de agitadores como Proudhon y Bakunin, constituyen apenas con relación al fenómeno que nos ocupa lo que es el punto inicial en el incendio, lo que el fulminante en la detonación del explosivo, el combustible, la materia detonante están en otra parte, esa materia combustible y explosiva, es la masa misma de la población, en gran parte descreída y desmoralizada, es que una gran parte de la masa popular ha sido descristianizada, pagana en su fe y bestial en sus aspiraciones”.12

Según otros puntos de vista, más allá de la voluntad de Grote de seguir los dictados papales, lo que se estaba tratando de evitar era el engrosamiento de las filas del socialismo y del anarquismo (Asquini, 2016) y, para tal cometido, el auxilio hacia la clase trabajadora no era más que un medio. Más allá de toda conjetura sobre sus inicios, sabemos que la estructura interna de los Círculos tendió, con el tiempo, hacia la homogeneización de actividades, principalmente a partir de la creación de un Consejo General (Roselli, 2009: 7) y de un medio difusor: el periódico La Defensa. El primero, estaba compuesto por los representantes de cada entidad, ejercía control y resolvía puntos de interés general; además fue el encargado de convocar al Primer Congreso de 1898.13 Los socios (hombres únicamente) debían abonar una cuota mensual y estaban en la obligación de asistir a las fiestas en compañía de sus familias. Otras actividades recreativas que contribuían a estrechar vínculos interclasistas y de sociabilidad las conformaban obras de teatro, conferencias públicas, escuelas diurnas y nocturnas, talleres de artes y oficios, etc.

Ahora bien, luego de creada la Federación Nacional de los Círculos en 1895, se puso en marcha la programación de un Congreso que reúna los 30 Círculos del país. Es llamativo cómo dicho evento, concretado en octubre de 1898, fue considerado por sus organizadores como un punto culminante de un desarrollo nutrido de las mencionadas asociaciones mutuales, como un punto de maduración y a la vez como un punto de partida de cara a los desafíos del nuevo siglo, reconociendo que “un poder destructor y diabólico se forja en el proletariado, en oposición a la fuerza moral conservadora que se mantiene viva en el pueblo. Una corriente impetuosa que sepultará la civilización presente y futura con sus furiosas olas y que se propone levantar una nueva sociedad sobre las ruinas de la patria y la legislación”.14 Se estaba viviendo una experiencia de tiempo histórico tensionada por aquel pasado idealizado de corporativismo orgánico que se pretendía revitalizar y un futuro en el cual “este pueblo trascendental de obreros cristianos, verdadero pueblo elegido, ha de regenerar las costumbres sociales en nuestra patria, atrayendo a sí por gravitación natural, todo lo que ella puede dar de noble y generoso”.15

Las preocupaciones que atañen al catolicismo social en general y a los Círculos argentinos en particular, en sintonía con los dictados del Papa León XIII, se pueden apreciar observando los temas escogidos por los oradores en este primer Congreso: el socialismo, la escuela, el trabajo de los menores, cajas de ahorro, los deberes del hombre católico como padre de familia y base de la sociedad, el obrero en la República Argentina, las viviendas, la prensa o el descanso dominical.

Cuando se exhorta a prevenir los peligros y el cataclismo, no se trata de salvar al obrero de la inanición o la pobreza, sino de prevenir el caos revolucionario. Al ser, tanto el socialismo como el anarquismo, dos ideologías modernas (hijas de la Revolución Francesa, según el orador Francisco Dura) cada una con su programa político (o utopía) y con las mismas expectativas de engrosar sus respectivas filas con la misma masa del pueblo que los Círculos de Obreros, es de esperar que se tienda a demonizar sus proyectos y sus preceptos: “si en otras agrupaciones gremiales se propone la destrucción, aquí se edifica, si allí se encienden pasiones, se propagan ideas subversivas y se engendra el odio de clases, aquí se impone el orden”.16 La encíclica papal que dio vida a los Círculos, condenaba fervientemente la lucha de clases (“es mal capital suponer que una clase social sea espontáneamente enemiga de la otra”)17, buscando la armonía y justicia conmutativa entre ricos y pobres, que el rico sea caritativo y el pobre paciente. Aceptando de manera sumisa la pobreza como virtud y bienaventuranza, apoyándose para ello en el modelo de Cristo:

“Jesucristo prefirió nacer en un establo, su vida fue un desposorio voluntario con la pobreza, escogió por padre adoptivo a un obrero para justificar su estado civil, como ahora diríamos, y aceptó ser llamado entre sus paisanos ‘el hijo del carpintero’18, para ser perfecto hay que desposeerse de los bienes materiales”.19

La solución propuesta desde los Círculos consta de una armonización entre el capital y el trabajo, entre el burgués y el proletario, en términos del socialismo. Las paredes del Club Socialista en Buenos Aires (Falcón, 2011) lucían la frase emblemática con la que Marx concluye el Manifiesto Comunista: Proletarios de todos los países uníos. Al respecto, el disertante concluye exponiendo que la afirmación no es contraria al Evangelio, ya que todos somos hijos de Dios y el reino dividido será desolado, “pero necesita un complemento que diga ‘uníos e id a Jesucristo, único que tiene palabras de vida eterna”:20 el camino, la verdad y la vida. Se trataba de una esperanza escatológica que se oponía – y pretendía superar – a la esperanza revolucionaria.

Si el socialismo era considerado una fuerza destructiva y diabólica que atentaba contra la Ley de Dios, el liberalismo no sería menos, y la caracterización que se le atribuye es de “herejía moderna”. Desde que “el ginebrino [Rousseau] asentó que el primer hombre que creó una heredad después de haberla cultivado, fue un ladrón, no echó por tierra solamente a los tronos, sino que conmovió los fundamentos del orden social”.21 A la muchedumbre no se le podría inculcar que la culpa de todos los males proviene de la sociedad, que es la sociedad la que corrompe a los hombres por la mala distribución de las riquezas. La regeneración moral de la sociedad como horizonte propuesta por el catolicismo social partía de la afirmación del hombre virtuoso, en sintonía con una devoción cristo-céntrica, cuyo fin último se encuentra más allá de la tumba, pero que sin embargo comienza en el mundo terrenal, con las buenas acciones, con las buenas costumbres cristianas y con una moral que busque el bien común. En este punto considera el catolicismo social que lograría la armonía social: si se re-cristianiza el orden social y se aspira a una vida escatológica en el paraíso, cuyo camino se inicia en la tierra al igual que Jesucristo, la moralidad de la clase obrera se elevará. Pero si, por el contrario, se promulga que “la vida del hombre como un mono perfeccionado22 concluye en el mundo material, sensible y egoísta, se librará una lucha incesante por conseguir aquello que la desigualdad social le niega, y la criminalidad, los vicios y la violencia estarán a la orden del día, principalmente si no se le teme a Dios, no por el hecho de que sea representante del mal, sino por el temor a no pertenecer a su reino más allá de la muerte. Es por eso que los llamados a reconquistar la sociedad poseen un tono de “cruzada” moderna: frente a los herejes de la modernidad: el liberalismo, el socialismo y el anarquismo.

“En ese movimiento vertiginoso, la moral y la religión van perdiendo su importancia e influencia en la vida y destino de los pueblos. Las costumbres públicas y privadas se corrompen de día en día, la juventud se desenfrena, se hace libertina, los vínculos de la familia se relajan, tomando por último fin del hombre las riquezas”.23

Otra preocupación por antonomasia de los disertantes son los niños, claramente, el futuro de la Argentina obrera que se estaba imaginando. La ferviente oposición a las leyes laicas de la década de los ’80 es el tema matriz en los discursos, exhortando a darle legitimidad e importancia a las “Escuelas con Dios”, y a las materias que no se aparten del Evangelio. El enemigo sabe que la base de la sociedad y que el futuro de la sociedad se encuentra en los niños y es por eso que allí ataca, secularizando la enseñanza.24 Del mismo modo se apelaba a reformar las cuestiones competentes al trabajo de los menores (“en donde no se cultiva la tierra, brota la cizaña”,25 en relación a la criminalidad juvenil), pero, en este punto, el eje del debate son los salarios insuficientes percibidos por los obreros. Si los niños crecen sin educación religiosa, sin temor a Dios que regule sus conductas y sin buenos ejemplos, estarían criando a los presidiarios anarquistas del mañana

También se observa la preocupación por dar vida a un medio difusor de mayor envergadura que La Defensa, que apenas contaba con 1.500 suscriptores y estaba en una desventaja abismal con respecto a La Nación, por ejemplo, que contaba con 18.000 impresos diarios y se vociferaba en las calles (Lida, 2006). Por lo tanto, el doctor Enrique B. Prack enunciaba: “es menester que nos apoderemos, de ese ariete formidable, que se llama imprenta y lo volvamos contra el enemigo”.26 Es decir, profesionalizar un medio de difusión que sea capaz de competir con los canales de opinión pública liberales.

En relación a las preocupaciones sobre el porvenir socialistas y la moral de la familia obrera, un proyecto crucial será el de crear barrios de obreros, propuesto por el Ingeniero Eduardo Fierro. La vida en familia y la propiedad representan los dos elementos más poderosos de moralidad que existe en el mundo,27 según el disertante y la salvación del obrero aglomerado conlleva sacarlos de los

conventillos, donde viven sin número de familias en piezas estrechas y mal distribuidas, donde el padre, la madre y sus hijos de ambos sexos habitan la misma pieza, cuando estas mismas piezas están enfiladas sobre un patio común o pasadizo obscuro y estrecho, que mantiene en inevitable comunicación todas estas familias, formando una especie de tribu del mal ejemplo y malas costumbres”.28

En este punto se ve claro el imaginario utópico en la disposición del espacio como regenerador de las conductas y las costumbres, proyectando la imagen de un obrero-padre de familia alejado de los vicios y la corrupción socialista. Prosigue el Ingeniero: las construcciones

deben servir de habitación a la familia obrera, deben ser aisladas por completo, evitando todo contacto entre ellas. (…) las habitaciones económicas pueden ser aglomeradas en varios pisos superpuestos y destinados para alojar un gran número de familias, obteniendo un notable aprovechamiento de terreno. Se obtiene notable economía con la utilización común de las fundaciones, muros divisorios, techos pisos, baños, servicios de aguas corrientes, cloacas, gas, extracción de basura, etc. (…) los patios asfaltados que permiten que los niños jueguen allí sin peligro de la vía pública”.29

Además de las condiciones higiénicas saludables y de un espacio agradable para la convivencia en familia, el obrero abonaría un alquiler en el cual se incluiría mes a mes la amortización de la propiedad, con la idea de que, terminado cierto plazo, pueda hacerse propietario, poseer una finca para legar a su prole y armonizar las desigualdades sociales. “Dar al obrero un alojamiento cómodo, barato, higiénico, en plena luz, con aire puro, un jardín donde ocupar parte de sus horas de descanso en compañía de su mujer e hijos, viéndolos desarrollarse y crecer en pleno goce de su salud”.30 Además, criticará a los dueños ricos de conventillos por sus negociados con la miseria, salubridad y la corrupción de la clase obrera a la cual deberían proteger. También el objetivo de la aglomeración en barrios sería alejar al obrero de la taberna “donde se consuela tramando conspiraciones contra los ricos y funcionaría a su vez como un eficaz dispositivo “anti-huelgas” debido al bienestar material que brindarían estos barrios.



Consideraciones finales

En este trabajo propusimos un acercamiento a la disputa librada entre distintas ideas que pugnaban por ofrecer respuestas a la emergente cuestión social en la Argentina de finales del siglo XIX. Tanto el socialismo como el liberalismo resultaban inaceptables (y hasta maléficos) para los postulados del catolicismo social. En este sentido, las líneas propuestas por la Rerum Novarum se pensaban como una alternativa ante los males desatados por el mundo moderno. Con el propósito de darle vida a ese mundo armónico posible, los Círculos de Obreros adoptaron la doctrina social de la Iglesia, el sostén teórico para pensar la utopía católica en el país. Estos argumentos se desprenden del análisis de algunas de las ideas transmitidas mediante proyectos y conferencias en el Primer Congreso de los Círculos de Obreros en Argentina de 1898.

Para finalizar, nos gustaría cerrar justamente con las palabras que clausuran el Congreso. El presidente del Consejo General Alejandro Calvo se dirigía a los numerosos delegados de todo el país con la percepción de que el siglo entrante sería el siglo de los obreros y de Cristo Redentor. Con la utopía de que “mediante el respeto a las legítimas autoridades(los llamados “regímenes liberales” y el naciente Estado argentino), siendo justos, humildes, y en la búsqueda del reino de Dios y de su justicia, lo demás se dará por añadidura. Que el trabajo honrado nos rinda el pan de cada día, seamos caritativos, protejamos al desvalido”.31 El mensaje final denota optimismo por parte de los organizadores del Congreso en cuanto a la proyección de que los Círculos de Obreros en Argentina constituirían una de las mayores fuerzas sociales del futuro:32 “llevemos a las cuatro partes de la República, a cada Círculo y cada familia, las resoluciones de este Congreso”.33



Anexo

El barrio obrero que imagino…” : ochenta casas, una capilla, una escuela de niños y niñas, con local y entrada separada cada una de las escuelas, unedificio para clases nocturnas, una biblioteca, un salón de lectura y conferencias, un mercado. En cada centro un parque. Cada casa de 18x7 metros (126 mts2) con un jardín adelante. Planos adjuntados por el Ingeniero Eduardo Fierro en su discurso “Habitaciones para obreros”, en el Diario de sesionesdel Primer Congreso de los Círculos de Obreros, 1898,Buenos Aires, pp. 240-241



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ROSELLI, Silvina Daniela (2009) “Catolicismo social en el obispado de Pablo Padilla y Bárcena, Tucumán (1897-1921)”, en Segundas Jornadas Nacionales de Historia Socia (La Falda, Córdoba – Argentina)

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Recibido: 28 de abril de 2018

Aceptado: 4 de junio de 2018.



 Diario de sesiones del Primer Congreso de los Círculos de Obreros [en adelante sólo Diario de sesiones], 1898, Buenos Aires, publicado por el Consejo General, p. 64

2 Diario de sesiones … p. 326

3 Discurso del doctor Francisco Durá ‘El socialismo contemporáneo’, en Diario de sesiones… p. 81

4 Rerum Novarum, 15 de mayo de 1891, Roma, http://w2.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum.html

5 Discurso del doctor Santiago O’Farrell ‘Descanso dominical’, en Diario de sesiones… p. 200

6 Marx, Karl & Engels, Friedrich (1848) Manifiesto del Partido Comunista, en línea https://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm

7 Discurso de Teodoro Boltzenthal ‘La escuela’, en Diario de sesiones… p. 283

8 de Aquino, Tomas Suma teológica, parte II-IIae, Cuestión 19, en http://www.hjg.com.ar/sumat/c/c19.html#a1

9 Rerum Novarum, 15 de mayo de 1891, Roma

10 Discurso del doctor Gabriel Carrasco ‘El obrero en la República Argentina’, en Diario de sesiones… p. 189

11 de Aquino, Tomas Suma teológica, parte II-IIae, Cuestión 19

12 Discurso del doctor Francisco Durá ‘El socialismo contemporáneo’, en Diario de sesiones… p. 98

13 Antecedentes, en Diario de sesiones… p. 5

14 Discurso del doctor Francisco Durá ‘El socialismo contemporáneo’, en Diario de sesiones… p. 79

15 Diario de sesiones … p. 65

16 Diario de sesiones … p. 66

17 Rerum Novarum, 15 de mayo de 1891, Roma

18 Diario de sesiones… p. 109

19 Diario de sesiones… p. 86

20 Diario de sesiones… p. 109

21 Diario de sesiones… p. 90

22 Diario de sesiones… p. 85

23 Diario de sesiones… p. 120

24 Diario de sesiones… p. 132

25 Diario de sesiones… p. 154

26 Diario de sesiones… p. 171

27 Discurso del Ingeniero Eduardo Fierro ‘Habitaciones para obreros’, en Diario de sesiones… p. 219

28 Discursodel Ingeniero Eduardo Fierro ‘Habitaciones para obreros’, en Diario de sesiones… p. 220

29 Discurso del Ingeniero Eduardo Fierro ‘Habitaciones para obreros’, en Diario de sesiones… p. 221

30 Discurso del Ingeniero Eduardo Fierro ‘Habitaciones para obreros’, en Diario de sesiones… p. 225

31 Discurso de Alejandro Calvo ‘Discurso de clausura’, en Diario de sesiones… p. 326

32 Discurso del doctor Gabriel Carrasco ‘El obrero en la República argentina’, en Diario de sesiones… p. 186

33 Discurso de Alejandro Calvo ‘Discurso de clausura’, en Diario de sesiones… p. 326

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